martes, 27 de enero de 2009

Narraciones Rete- ordinarias

Hello there, my dear folks!! :P

Hoy les tengo la entrega número 3 de las narraciones reteordinarias, me tardé un poco respendiendo los comentarios que tan amablemene me han hecho y en traerles la presente entrega de esta, llamémosle, saga, porque me estaba dedicando casi por entero a mi novela. Por cierto, ya encontré mi cuento de La Raíz del Diablo, la postearé en cuanto termine esta saga de las narraciones reteordinarias, vale?? Ya tengo trazadas algunas historias de las Crónicas de Vicreyl y el Signo de La Espada y demás caballeros del zodiaco, que diga, Mimrenios jajaja.
Bien, les dejo con la narración reteordinaria que se llama:

EL ESPADACHÍN DE PALO

Esteban era un muchacho con un corazón lleno de ímpetus, siempre quería hacer de todo, incluso a la vez. Le gustaba la música, le gustaba cantar e intentó aprender a tocar la guitar, pero se dio cuenta de lo difícil que es cantar y tocar a mismo tiempo. Quiso intentarlo varias veces, pero, o perdía el tono de la voz o se le iban los acordes de la guitarra. Lo intentó varias veces más, sustituyendo el canto por una harmónica con los mismos resultados. También le gustaba leer, Esteban leía a oscuras, en penumbra, con mucha luz, al revés o una revista y un libro al mismo tiempo.

Su ímpetu e inquietud lo llevaban a hacer cosas un poco ocurrentes, como parase de manos y recitar un poema de Enoch Cansino Casahonda o dar vueltas alrededor de comedor mientras contaba varias series de números en diversos órdenes. En las tardes, se iba a una cancha de fútbol y corría lo más rápido que podía en varias distancias y también se iba a un terreno baldío a arrojar objetos, generalmente piedras o piezas de metal lo más lejos que podía, además corría y saltaba lo más lejos que podía. Soñaba con participar un día en las olimpiadas.


Un buen día, Esteban vio las olimpiadas en la televisión junto con su padre y en determinado momento transmitieron las competencias de esgrima. El grado de impresión que la esgrima tuvo en la estructura mental y emocional de Esteban fue superlativo, jamás en sus catorce años de vida le había gustado tanto una actividad como ese día. Las imágenes de dos mujeres moviéndose con gracilidad, balanceando veloz y enérgicamente su cuerpo para alcanzar a su oponente con la punta del florete, los saltos, los esquives, las paradas, y después los hombres con la espada y el sable que mostraron una delirante velocidad en sus tajos y estocadas, cada uno dando lo mejor de sí, como debe ser en una competencia olímpica, ese espíritu atravesó los ojos de Esteban y se implantó en su corazón para siempre.


Durante los días que duraron las competencias de esgrima, Esteban no podía dormir. Día y noche, él estaba pendiente de las transmisiones y las repeticiones de esas competencias que tanto lo afectaron. Mientras las veía se levantaba inquieto y tomaba un lápiz o una regla y trataba de imitar los movimientos de los contendientes, por primera vez sintió que algo no se le dificultaba tanto.


Días más tarde, mientras daba vueltas alrededor del comedor e iba a abrir la puerta del refrigerador sin sustraer nada de ahí, Esteban vio un palo de escoba y lo tomó entre sus manos, lo observó con detenimiento y comprobó la rectitud de la pieza, lo sopesó lenta y cuidadosamente y de pronto recordó al actor Mel Gibson interpretando a William Wallace. Un nuevo fervor le nacía en sus entrañas y corrió a la computadora a investigar sobre los diferentes tipos de espada y los estilos de esgrima. Las imágenes y los textos que describían los que el chico buscaba no tardaron en aparecer, lo que de alguna manera contribuyó a calmar las ansias del joven. Leyó todas las páginas que abrió y revisó una y otra vez todos los videos que encontró. Cada uno de ellos lo emocionó intensamente y con cada movimiento que veía, deseaba más y más asimilarlos todos, pero una serie en particular le llamó la atención, era un video en el que se veía a varios practicantes de iaido, kendo y kenjutsu. La elegancia, la precisión y el poder que ellos desplegaban en cada movimiento era espectacular, Esteban estaba totalmente cautivado, completamente hipnotizado por lo que veía, le parecía increíble tal combinación de gracilidad y fuerza, la templanza y intensa concentración que se observaba en cada practicante. Ni siquiera el khalari le interesó tanto, ni los estilos chinos con espada ancha o con espada corta, el esgrima olímpico prácticamente se le olvidó. La historia de los sables, de las cimitarras, de las claymore, o las falchion dejaron de ser tan impresionantes cuando supo acerca de la forja de las katanas o la fabricación de las espadas de bambú, llamadas shinai, que se utilizan en el kendo, o la belleza de las bokken, espadas de roble que se utilizan en la práctica del kenjutsu. Todos los estilos que encontró y todas las armas de las cuales leyó le gustaron, todos capturaron su interés, lo mismo que una serie de grabados del siglo XVI, de origen inglés, que describían diversas tácticas de contraataque. Esteban conservó toda la información en una carpeta y la estudiaría cautelosamente a lo largo de varios años, pero ningún estilo superó al kenjutsu a los ojos de Esteban.


Durante varios días, la mente del muchacho vagaba incesantemente entre fantasías relacionadas con los diferentes tipos de esgrima y muy constantemente con el kenjutsu. No pasó mucho tiempo antes que el chico tomara el viejo palo de escoba entre sus manos. En cada rato libre, él tomaría el palo y asumiría la posición kamae, propia del kenjutsu y comenzaría a soltar tajo tras tajo, estocada tras estocada, mandoble tras mandoble. La dejaría en paz un rato y lo volvería a hacer. Veía la televisión y practicaba, hacía su tarea o estudiaba y se levantaba a practicar mientras recitaba lo que había leído. No paraba de practicar y no soltaba el palo de escoba hasta que un día, mientras la familia veía televisión y el practicaba, su madre le dijo:


- Ya deja ese chingado palo.-


Era un evento muy raro que su madre le llamara la atención de esa manera, pero habría que ser fieles con la verdad y decir que Esteban hartó a todos con su compulsión por practicar kenjutsu con un palo de escoba. Ante la llamada de atención de su madre, el muchacho guardó su arma y se sentó tranquilamente a ver la televisión, pero a los pocos minutos se retiró a su cuarto a seguir practicando, pero si utilizar el palo, realizaba los mismos movimientos con las manos desnudas.


Varias semanas después de aquel incidente, Hernán, el hermano mayor de Esteban llegó a la casa después de la escuela y le comentó a su madre que había visto a alguien haciendo lo mismo que su hermano.


- Y así estaba el viejito en su patio con un palo en las manos.- escuchó Esteban cuando llegó a la cocina.- Así va a acabar Esteban en el futuro.


Al principio, el chico no comprendió muy bien lo que su hermano trataba de decir, pero después de analizarlo un par de veces, entendió que había una gran oportunidad para él, así que le preguntó a su hermano:


- Oye, carnal, ¿dónde dices que vive ese ruco?-

- Pues no sé si vive ahí, pero es pasando el crucero de la doce, vive del lado izquierdo viniendo de allá pa’cá. Qué, ¿quieres ir a ver como vas a ser en el futuro?- preguntó con una sonrisa burlona.

- Ah, qué bien chingas hermano.


Durante aproximadamente un mes, Esteban caviló sobre la persona de la cual había comentado su hermano. Quería ir a visitarlo, hablar con él, preguntarle acerca de lo que había visto su hermano, pero cabía la posibilidad de que se tratara de una broma de Hernán o de un hombre que solo estaba jugando. La curiosidad no cesó y un día Esteban tomó otro camino para ir a la escuela, por ese camino tendría que pasar por el crucero de la doce y al pasar por la casa que le dijo su hermano se detuvo. Su corazón latía con fuerza, observó con cuidado la casa: la entrada era un ruinoso enrejado cubierto de una enredadera que apenas dejaba ver un patio de tierra desnuda y unas cuantas plantas que Esteban no pudo reconocer. La puerta estaba compuesta por un marco de madera vieja y unas láminas clavadas entre sí. Por un momento dudó en tocar a la puerta. Sus manos le temblaban y comenzó a sudar, de pronto dio el primer golpe, casi sin querer, se detuvo un poco arrepentido, pero al fin se obligó a terminar el llamado a la puerta. Tocó varias veces pero nadie salió a abrir, entonces se dio cuenta que se le hacía tarde para llegar a la escuela y desistió.


Por la tarde, ese mismo día, Esteban regresó a su casa por el mismo camino que había tomado para irse a la escuela. De nuevo pasó por la casa que le dijo su hermano, tocó la puerta varias veces, pero tampoco salieron a abrirle. El chico optó por preguntarles a los vecinos, pero ninguno supo darle señas de la persona que vivía en esa casa, entonces tomó el número de esa casa y en cuanto llegó a su casa buscó la dirección en el directorio telefónico. A las seis de la tarde salió de la casa y regresó a la casa del señor que le mencionó su hermano, solo para encontrarse con que no había nadie. Esteban regresó a toda velocidad a su casa y se empeñó en encontrar el nombre y el número telefónico del señor que vivía en esa casa. Dieron las 2 de la mañana y nunca encontró el número.

Durante un par de semanas, Esteban visitó de nuevo esa casa e intentó contactar al que vivía ahí a diferentes horas del día con los mismos resultados. La infructuosa búsqueda desanimó un poco al muchacho, pero se recuperó esmerándose en entrenar apasionadamente, todos los días, todo el día.


Dos meses más tarde, el padre de Esteban pasó por el crucero de la doce y vio a la persona que Hernán, su hijo mayor, había mencionado en casa como la versión futura de Esteban, pero a diferencia de su hijo, el señor se dio cuenta de que esa persona no tenía un palo cualquiera en las manos, se trataba de una pieza de madera en forma de sable y el anciano realizaba una serie sistemáticamente organizada y acompasada de movimientos de los pies y de los brazos, en otras palabras, el anciano estaba practicando kenjutsu. Pensó inmediatamente en su hijo y se acercó a hablarle. Le preguntó acerca de lo que hacía y le habló sobre su hijo y su interés sobre el kenjutsu. Desinteresadamente, el anciano se ofreció a enseñarle el arte al muchacho, sin costo alguno. El padre de Esteban le agradeció al maestro y se dirigió a su casa a comunicarle la buena nueva al muchacho.


Esteban no cabía en sí de contento, saltó, corrió, se paró de manos, cantó y trazó círculos con los brazos como loco, nunca había estado tan agradecido con su padre como ese día. El siguiente día, al terminar la escuela el muchacho fue a la casa del que a partir de entonces sería su maestro. Tocó la puerta y el anciano fue a abrirle.


- ¿Tú eres el que quiere aprender a usar la espada?- preguntó alegremente el anciano.

- ¡Sí!- respondió Esteban lleno de entusiasmo.

- Bien, bien, pasa muchacho. Mi nombre es Mishima, Mishima Gichin. ¿Cómo te llamas, hijo?- se presentó y preguntó amablemente el anciano.

- Esteban, Esteban Gándara.- respondió con nerviosismo, ansioso por empezar.

- Entonces, ¿quieres aprender a usar la espada?

- Así... Sí, así es, señor- respondió nervioso, pero con presteza.

- Está bien. Espérame aquí.- Mientras el anciano ingresaba en la casa, Esteban estudió el terreno. Había varias jaulas con conejos, un gallinero, una planta de sandía y otra de pepino, varios blocks apilados, un montón de arena y dos de grava. Cuando el anciano regresó le dijo: - Toma.- y le lanzó una pala.- Esta será tu arma.- El muchacho la capturó sin problemas.

- ¿Qué hago con esto?- preguntó Esteban, extrañado.-

- Quiero que pases toda esa grava aquí.- el maestro señaló el lugar.- Y cuando termines, quiero que me hagas dos montones de arena aquí.- finalizó trasladándose velozmente al punto donde quería la arena.

- Pero…

- Empieza cuando estés listo.


Contrariado, Esteban comenzó su tarea y no descansó hasta que terminó. Quería dar una buena impresión y no podía darse el lujo de negarse o hacer las cosas a regañadientes, pero para nada estaba satisfecho. Cuando Esteban terminó, su maestro le dijo:


- ¿Ves esos blocks que están en el fondo?- el maestro esperó a que Esteban respondiera.- Quiero que los traslades de dos en dos para allá.- el maestro señaló su enrejado.

- Sí, maestro.- respondió Esteban con diligencia.- El muchacho cargó consigo los blocks y se dirigió caminando hacia el enrejado.

- No muchacho, así no.

- ¿No?- preguntó confundido.

- No. Tienes que traerlos así- el maestro se hincó en una rodilla y se desplazó de manera que no se levantaba y a cada paso se hincaba en la otra rodilla.- Así es como tienes que hacerlo. Ahora regresa y empieza de nuevo.- El muchacho obedeció y pasó todos los blocks tal como su maestro le pidió.


- Ahora regrésalos todos, igual como te enseñé.


Ese día fue totalmente abrumador para Esteban, él no comprendía por qué había que mover todos esos blocks y cambiar de lugar la arena. Se sintió defraudado y se negó a regresar al día siguiente. Se sentía peor que nunca, le dolían las manos, le habían salido ampollas y tenía el rostro ennegrecido por el polvillo que salía de los blocks y tenía las rodillas raspadas. Al llegar a su casa su padre le preguntó acerca del entrenamiento.


- Papá, ese señor es un farsante.- dijo expresando abiertamente su frustración.

- ¿Por qué lo dices, hijo?

- Porque no me enseñó nada, no más me puso a mover unos blocks y apalear arena y grava.

- Bueno, a lo mejor es parte de lo que tienes que aprender.

- Nel, yo ya no regreso.

- Hijo, tienes que considerar que el señor te está enseñando sin cobrarnos. Te dejó entrar a su casa sin siquiera conocerte. ¿No crees que…

- No.- interrumpió Esteban.- Mira como se cobró- dijo enseñando las ampollas de las manos.- Creo que aprendo más practicando solo.

- Te equivocas.- dijo con seriedad el padre de Esteban.- Si te entrenas tú solo pierdes de vista muchas cosas y te vuelves empírico. Yo vi a ese señor entrenando y se ve que sabe lo que hace. Piénsalo, verás que tengo razón.


Por la noche, el muchacho recapacitó y se imaginó que algo bueno saldría de eso a fin de cuentas. Al siguiente día, Esteban volvió con su maestro y se repitieron las tareas del día anterior y así fue durante un par de semanas, aunque en los últimos cuatro días, la intensidad de las tareas fue disminuyendo y Esteban se acostumbraba más al trabajo pesado.


- No entiendo qué es lo que he aprendido.- dijo Esteban tras varios días de entrenamiento.

- Antes de empuñar una espada, creo conveniente que aprendas a usar un bastón y antes de eso tienes que darle un uso conveniente a tus piernas y a tu cintura.

- No sé a que se refiere con eso.- dijo secamente.

- Cuando cambiaste de lugar la grava y la arena flexionaste las piernas y girabas la cintura en cada palada. Además, atrapaste la pala a la primera y sin titubear. Esas son buenas cualidades en kenjutsu. Ya estás practicando kenjutsu y no te has dado cuenta.- el anciano rió un poco al decir esto último y su alumno no supo que responder.


Con el tiempo, Esteban descubrió a un fascinante maestro lleno de habilidades y trucos para enseñar y para combatir. Le enseñó sin reservas y fue exigente y estricto como ninguno. Le enseñó a abrir los ojos de la mente, le enseñó a meditar mientras trazaba sus movimientos, con su maestro, Esteban aprendió que la punta de la espada era la nada, a donde iba a vaciar todo lo que estuviera en su mente. El entrenamiento que Esteban recibió era muy minucioso, el maestro Mishima lo hacía realizar series de cien tajos y él observaba con cuidado como lo hacía Esteban, si le fallaba algo, tenía que repetir la serie desde el principio.


El maestro era muy insistente en cuanto a la postura inicial, esta debía ser observada y ejecutada con perfección, pues de ella dependía que todos los movimientos se realizaran correctamente. El desplazamiento de su cuerpo tenía que ser armónico y en varias ocasiones el entrenamiento fue exclusivamente la práctica de la posición y del desplazamiento de los pies. El maestro le enseñó varias técnicas y trucos para bloquear y desviar ataques, así como desequilibrar a los oponentes, a atacarlos justo en el momento en el que el punto de equilibrio del oponente está vulnerable o puede ser vulnerado, de igual manera, Esteban aprendió a desarmar a su oponente. Esteban y el señor Mishima forjaron una formidable relación maestro- alumno, el maestro no le guardaba ningún secreto a Esteban y él tampoco se lo guardaba a su maestro. Esteban supo que su maestro tenía familia en otro lugar del país. Él había recibido una jugosa herencia de su abuelo, la cual al convertirse en la moneda nacional se convirtió en una suma que le permitiría vivir sin premuras económicas durante muchos años. Esa herencia y otros bienes, el maestro las heredó en vida y la repartió entre sus dos hijos a condición de que le enviaran una suma periódicamente para que él pudiese vivir humilde pero decorosamente. A decir verdad era una persona un poco excéntrica, pero más bien, se había acostumbrado a un estilo de vida a lo Espartano. Además, supo que no era “tan anciano” apenas tenía 56 años cuando lo conoció.


Cuando a Esteban le regalaron un perro, su padre le prohibió tenerlo en la casa porque era alérgico al pelo de perro, entonces el maestro accedió a darle alojamiento en su casa, con la condición de que Esteban se hiciera cargo de la alimentación, baño y salud de la mascota. El muchacho aprendió de su anciano maestro a criar conejos y gallinas, al igual que algunas plantas, a través de esa enseñanza, Esteban aprendió una forma de respeto hacia otros seres vivientes que nunca pensó que existiera. Aprendió valores como el respeto, la compasión, la indulgencia, el esmero de una manera tan maravillosa que nunca lo olvidó. En unos años, su entusiasmo inicial se convirtió en una profunda devoción a su arte.


Sin embargo el destino le jugó una broma pesada. Una noche, el maestro Mishima se encontraba inquieto en su cama. No podía dormir, no se sentía cómodo y tenía pesadillas, lo cual era insólito para él, porque siempre dormía tranquilo. El maestro se despertó y se dirigió al baño, no encendió la luz porque ya se había acostumbrado al camino. De pronto escuchó un leve chasquido y se percató de la presencia de un ladrón. El maestro tomó de la pared una wakisashi, una espada corta, con el único fin de amedrentar al ladrón, pero este se lanzó sobre el anciano y se clavó en el filo del arma que el viejo sostenía, perforándose el corazón y, obviamente, muriendo al instante.


El anciano salió a la calle y llamó a la policía desde un teléfono público, cuando la policía llegó, él explicó lo que sucedió y se entregó a las autoridades sin oponer resistencia. Lo condenaron a 6 años de prisión por homicidio imprudencial, la colección armas punzocortantes que tenía en su casa, así como el hecho de ser un maestro de kenjutsu, no le ayudaron de mucho.


Este hecho causó una enorme mella en el ánimo de Esteban, pues el encarcelamiento de su maestro sucedió el día en que él cumplió 22 años. En cuanto pudo fue a visitar a su maestro y este le decía que se encontraba bien, que tenía la conciencia tranquila y le exhortó a que continuara su entrenamiento. Esteban, aunque quiso seguir las órdenes de su maestro se sentía demasiado triste como para mover un solo músculo. Además, entre la policía y los hijos del maestro, se habían llevado todas sus cosas y él volvió a entrenar con un palo de escoba vieja.


Llegó un día en que se recuperó de su tristeza y continuó formalmente su entrenamiento. Pero aunque se esmeraba en practicar, no podía sacudirse una cierta frustración. Al verse entrenando de nuevo con el palo de escoba, Esteban se percató de que, sin maestro, no era sino un aficionado, un empírico. Una vez, su novia le dijo que era un espadachín de palo, le daba risa que entrenara con un palo de escoba. Ese comentario causó una grave indignación en Esteban, sintió que lo descalificaba y lo degradaba a eso. Y comenzaron las discusiones y en el punto de no retorno ella lo llamó espadachín con un término más degradante que “de palo” y ese fue el fin de su relación con ella.

Sus amigos lo molestaban y en todos lados ese era su apodo: Espadachín de palo. Que lo llamaran de esa manera resumía y corroboraba que su calidad como practicante de kenjutsu se había degradado.


Cierto día, Esteban se robó un pesado tubo de una construcción. Cambió el palo de escoba por ese tubo como instrumento de entrenamiento y le sirvió para hacerse más rápido y mejorar su balance. Trató de construirse una espada de verdad con ese tubo, pero desistió al darse cuenta de lo absurdo de su empresa, de manera que volvió a entrenarse con el palo de escoba.


El tiempo pasó y los seis años de condena del maestro Mishima se cumplieron. Aunque Esteban visitaba periódicamente a su maestro, no se enteró del día exacto de su liberación y tampoco supo que sus hijos se lo llevaron a otro lado del país. Con la desaparición de su maestro, Esteban se quedó con lo que había asimilado del kenjutsu, pero fue incapaz de quitarse de encima una profunda soledad y la sensación de estar degradado como espadachín. Ser el espadachín de palo ya no era solo un apodo sino un estigma, un doloroso, punzante y lacerante estigma.


Dos años más tarde, Esteban caminaba por hacia su casa, de regreso del trabajo y empezó a sentir algo parecido a la confusión, después se percató de una presencia muy especial en las cercanías. Volvió su vista hacia la acera contraria y la recorrió cuidadosamente con la vista, cuando llegó a la esquina vio a su maestro parado, esperando para cruzar la calle y cargaba algo de equipaje. Lleno de alegría corrió a encontrarse con él.


- ¿Maestro Gichin?- preguntó Esteban, emocionado.- Soy Esteban, ¿me recuerda?

- ¡Claro que te recuerdo, muchacho!- dijo el maestro, feliz de haberse encontrado con su antiguo alumno.- ¡Qué bueno que te encuentro! ¿Cómo has estado?

Esteban y el maestro Mishima caminaron varias cuadras poniéndose al corriente uno del otro. Esteban le contó a su maestro sobre la tristeza que tuvo cuando él se fue y la terrible sensación de ser un espadachín de palo.

- Me compré una bokken, pero ya no me siento igual. Hasta pienso en conseguir un arma de verdad, pero no estoy seguro.

- Mal, muchacho, muy mal.- dijo sonriente.- Hasta parece que no eres mi alumno. ¿Nunca leíste la biografía de Miyamoto Musashi o el Gorin no Sho, el Libro de los Cinco Anillos?

- S-sí.- respondió titubeante

- Entonces no aprendiste nada de ellos. Ven, vamos al parque.


Al llegar al parque, el maestro tomó una rama larga que estaba tirada en el suelo y se la dio a Esteban. El maestro dejó su equipaje en el suelo y sustrajo una espada de verdad y se puso en guardia. Esteban supo de inmediato que se trataba de una prueba y que su maestro no se contendría. Poniéndose en guardia miró seria y fijamente a su maestro y él le devolvió la mirada. Se estudiaron por unos segundos y se lanzaron uno contra el otro, Esteban bloqueó el ataque de su maestro interrumpiendo su tajo al trabar la rama en sus muñecas y luego, girando hacia la izquierda y enviando sus brazos hacia abajo logró desarmar y derribar a su maestro.


- ¿Te das cuenta ahora?- preguntó sonriendo amablemente el anciano mientras se levantaba.- No necesitas un arma de verdad. Tú siempre has sido un espadachín digno y eficiente, lo eres aunque no tengas un arma. Tu mejor instrumento de lucha es tu cerebro y ese corazón tan grande que tienes del que sale toda tu fuerza.

- Maestro…- balbució, Esteban.

- Toma. El arma es tuya.- dijo el anciano con seriedad

- ¡Pero, Maestro! Yo no puedo…- dijo Esteban sin salir de su asombro.

- ¡Claro que puedes!- dijo dándole una fuerte palmada en la espalda.- No digas tonterías, es tuya, la ganaste.

- Domo arigato, sensei.- dijo solemnemente Esteban mientras sostenía frente a sí la espada y hacía una respetuosa reverencia a su maestro.


De nueva cuenta el maestro de Esteban desapareció sin dejar rastro y él continuaba practicando, ora con la katana, ora con su bokken o con su viejo palo de escoba, incluso usaba de vez en cuando la rama que utilizó contra su maestro. Esteban siguió siendo el espadachín de palo, pero eso ya no era un lastimoso estigma, sino un emblema de su orgullo.

8 comentarios:

JP dijo...

-- ya ves, yo te lo decia mi guen espadachin: la pluma es tu mejor arma, bastante pulido el cuento, me encanto, gracias

Zed dijo...

Hermoso cuento, me hizo recordar mi niñez y mis espadas romanas hechas de triplay.

El Signo de La Espada dijo...

jotape: Gracias, que bueno que te gustó. Ora sí le eché ganas. Gracias por el seguimiento de mis escritos.

Zeta: mi estimado, yo pensé que se había usted enojado conmigo, jeje.
Me hubiera gustado tener espadas de triplay.

LiLitH 2.0 dijo...

.. jep.. como qe me acordé
del karate kid en algunas partes xD


.. aah.! tmb creo qe es medio
auto-biográfica .. =þ


.. saluditos.! =)

El Signo de La Espada dijo...

Lilith 2.0: Chin ya me quemaste :P
jajaja

Mónica Sofía Soto Ramírez dijo...

Disfruté el cuento, espero que sea autobiográfico en gran parte.

Saludos Mokei

Att: Mónica Soto

Mónica Sofía Soto Ramírez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
El Signo de La Espada dijo...

Wow, qué milagro. Pues sí, en parte es autobiográfico y auto regañativo :P

Te pido que leas las demás narraciones reteordinarias. Hasta luego

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