jueves, 6 de agosto de 2009

La primera vez (Capítulo 6 de mi novela, fragmento 5)

Hola, saludos a todos. Hoy vengo de nuevo con sobredosis de posts para ustedes, esta vez son tres. Son las respuestas a las epistolares y el fragmento final del capítulo 6 de mi novela. Próximamente vendrán más capítulos de la novela, hasta pronto.

El aerosol se mantuvo concentrado en el aire por espacio de un minuto y luego se disipó. Los muchachos se recuperaron poco a poco del desagradable olor y de la irritación de sus mucosas. Homero encontró un banano y cortó un racimo royendo el tallo con una de sus llaves. Todos probaron la fruta y aunque el sabor no era el característico, les resultó agradable y se sentaron a comer las frutas. Pronto, Bernardo notó que el animal que habían encontrado antes se les acercaba, aparentemente atraído por las cáscaras de la fruta que los muchachos comían. Observó que el animal comía la cáscara con avidez y le ofreció más, de manera que el animal se volvió dócil y aceptó que los muchachos lo cargaran.

Concientes del tiempo que llevaban vagando por aquella selva decidieron regresar al árbol del cual habían salido. En el camino, un ruido entre el pasto alto los turbó y en un instante se vieron rodeados por un grupo de animales muy parecidos a los cérvidos, en particular a los venados, pero tenían un par de astas pequeñas entre los ojos. Bernardo quedó intensamente impresionado por la inusual belleza de estos animales, casi hipnotizado se acercó lentamente a un ejemplar y tocó su nariz. Por alguna razón, los amigos de Bernardo percibieron ese momento con una duración interminable y no podían salir de su asombro. El animal que Bernardo tocó pareció recibirlo con mansedumbre y a continuación, sin causa aparente, el grupo de animales se retiró lentamente.

A partir de ese encuentro, los muchachos no podían dejar de notar detalles en las plantas, en el paisaje en general. Vieron a varios animales parecidos a los cerdos, pero con la capa café y con garras en lugar de pezuñas. Notaron mapaches con pelaje cobrizo o marrón, el plumaje de las aves les resultaba por completo desconocido y Bernado creyó ver a dos tilacinos. Los insectos, casi todos de colores brillantes e inusuales eran depredados por colibríes negros, lo cual resultó sorprendente y a la vez chocante para los muchachos.

- ¡Qué raro!- dijo Homero- ¡Qué chingados es esto!

- Cálmate, Valín.- dijo Roberto- Tranquilo.

- ¿Estamos todavía en el planeta Tierra?- inquirió Bernardo.- ¿Es la misma atmósfera la que estamos respirando?

- Puede ser un lugar escondido donde la vida evolucionó de manera diferente- apuntó Gerardo.

- No digas mamadas- se quejó Homero, aun irritado por lo extraño del lugar.

- Déjalo- dijo Roberto- Puede ser. Podríamos estar en otra capa del planeta.

- ¿Cómo la teoría de la tierra hueca?- cuestionó Bernardo, sonriendo- Te la jalas mucho, muerto.

- ¡No, loco! ¡Piénsalo!- exclamó Roberto entusiasmado.- Puede ser que un trozo al interior del planeta tenga un movimiento de rotación distinto y por eso era de noche cuando llegamos.

- Sí, podría ser.- apoyó Gerardo.

- Ningún puede ser- disintió Bernardo.- Si estamos dentro de la Tierra ¿cómo o por qué hay luz solar? Si es que es el Sol el que nos alumbra.

- ¿Qué quieres decir con eso?- inquirió Roberto con inquietud.

- Que tal vez estemos en otro planeta- dijo Bernardo y Luis ahogó una carcajada.- ¿De qué te ríes, menso?

- No sé que habremos comido.- dijo Luis y rió.- pero pa’ mí que andamos bien dopados- dijo Luis y todos se echaron a reír, menos Homero.

- ¡No digan mamadas! ¡No digan mamadas!- exclamó Homero exasperado

- ¡Tranquilo, cuate!- dijo Gerardo.

- ¡Ya tenemos que regresar, cabrones!- gruñó.- ¡Ya casi es medio día!

- ¿Qué?- preguntó Bernardo sobresaltado- ¿O sea que llevamos aquí un día entero?

- Nos van a culiar- apuntó Gerardo.

- Vámonos pues- dijo Luis- A ver si caminando se nos baja la pachequez y dejamos de decir tantas pendejadas.

En su extravío, los muchachos trataron de regresar a su casa como dios les dio a entender. Tras un par de horas de errante caminata baja el abrasador calor de aquel astro que quizá no era el sol, los muchachos estaban abatidos, agotados tras un día entero sin dormir. A ello se sumó la repentina y agobiante sed que pesó sobre ellos. Pronto llegaron a una laguna y se postraron a beber el agua cristalina de la orilla. Homero estaba por levantarse y sintió un tirón en la espalda.

- ¡Pendejo! ¿Para qué me empujas?- reclamó a Luis dándole un empellón.

- Yo no te empujé, inútil.- respondió Luis

Un segundo después, un venablo se clavó en el agua cerca de los muchachos.

- ¡Pélate!- gritó Roberto al tiempo que todos emprendían la nada graciosa huída.

4 comentarios:

Mantovanni dijo...

las epistolares no tienen madre!!!!!!! jajajajajajajaja

El Signo de La Espada dijo...

Mantovanni:

Estoy seguro que te gustaron más la de los enemigos. Qué buen pedo. Gracias.

Y la novela qué tal te pareció?

Educavent dijo...

Paso sólo a saludar.
La leeré con calma para opinar.
Un abrazo

El Signo de La Espada dijo...

Educavent:

QUé bueno que regresas a la blogósfera. UN abrazo, saludos

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