lunes, 15 de junio de 2009

¿Qué se puede hacer?

CHAMACOS MUGROSOS!! QUIEREN QUE LES CUENTE UN CUENTOOOOOOOOO??

JAJAJAJA Ah, méndigo Brozo, qué se habrá hecho el vato.

Muchachos, parece que eso del voto nulo está pegando muy fuerte, tanto que parece que es la opción para todo. Les propuse que propusieran que querían si cuento o monólogo (que de todos modos son cuentos) en fin. El caso es que solo jota pe respondió. Ahora va a parecer vil onanismo mutuo entre él y yo y lo peor es que ahora siento que no represento a nadie, que mis lectores están decepcionados de mi porque no votan...

Como solo jotape respondió y se supone que el primero que propusiera (solo por esta vez he dicho) le iba a hacer su gusto. Él pidió un cuento y un cuento vamos a postear, pero saben qué? Ahora voy a postear el cuento de chingadazo. Está un poco larguito, pero lo voy a postear completo para ver como se recibe.

Y como soy bien canijo, les dejo este cuento también, ese sí está cortito y está inspirado en cosas que ha posteado Zed en su blog, por su pollo está especialmente dedicado a Zed.

Vientos hurracarranados, los dejo entonces con mi cuentito y espero contar con el honor de sus muy poderosos y certeros cortes.

¿Qué se puede hacer?

En la villa me lo advirtieron todos. Sin excepción, todos los habitantes de la villa me lo dijeron, incluso los niños, pero no me importó, todo me pareció una estupidez. Mi deseo era ese y mientras se me indicara lo contrario, tendría más ganas de hacer mi voluntad. ¡Claro! Yo, el voluntarioso no escuché a nadie y aunque trataron de detenerme por la fuerza, escapé de todos y cumplí mi deseo.

Todos en la villa tenían miedo de ese páramo olvidado, nadie quería entrar. Pero yo sí, yo sí y ahora me arrepiento. Siempre lo deseé, siempre quise entrar y sin escuchar a nadie me aventuré en ese páramo desconocido. Me golpearon, me sujetaron entre vario hombres, intentaron atarme a un poste, pero no me importó. Usé mucha de mi fuerza para escapar, corrí y salté la valla que separa el páramo de la villa. Nadie me siguió y pronto comprendí por qué…

Mientras avanzaba, el ambiente era cambiante, todo se transformaba constantemente, el aire y los olores, la tierra y los colores, todo. No había animales por ningún lado se podía observar ni un insecto, ni un ave. Un ejército de sombras me seguía entre los arbustos, podía sentir sus miradas sobre mí, pero no me importó. ¡Que me siguieran! ¡Eso era lo que buscaba! ¡Peligro, batallas! La machaira de mi padre y yo solos contra el páramo maldito. Me movía al azar, no me daba miedo encontrarme con alguna bestia o un grupo de ladrones o asesinos. Yo quería pelea y no me importaba salir lastimado, yo sabía que iba a vencer a cualquiera. Estaba emocionado porque esa mañana había sentido la esencia de un león y el olor me estimuló los ánimos combativos.

Durante años escuché que en ese páramo se encuentran ocultas las ruinas de Equidnápolis, una ciudad cargada de maldad y de odio. Se dice que Equidnápolis fue fundada por hechiceros malignos y usaron la cabeza misma del monstruo de Equidna como primera piedra. Se cuenta que esa ciudad fue habitada por magos y asesinos y a quienes entraban imprudentemente a la ciudad se le hechizaba las piernas y como efecto se postraban, andaban a cuatro patas y las piernas se les hacían de hiena y se les privaba del habla, solo gruñían y se convertían en esclavos. La ciudad siempre estaba cubierta de sombras y la luz del sol nunca tocaba la tierra. Se contaba asimismo que en esa eterna noche, brazo del Érebo, pululaban los demonios, siempre la ciudad estaba plagada de demonios.

Los asesinos y ladrones que habitaban la ciudad vivían de asaltar por sorpresa las ciudades cercanas, asesinaban a los hombres más ricos y tomaban sus propiedades, raptaban a las doncellas y exigían rescates que arruinaban al más rico comerciante o al más acaudalado eupátrida, solo para regresarlas convertidas en arpías. Inmensos y majestuosos ejércitos intentaron sitiar la ciudad, numerosos paladines quisieron tomar la ciudad por asalto, pero los nigromantes se defendían con hordas de engendros malignos y esperpentos fatales cuya imagen horrorizante podía paralizar al más valiente. Los magos protegían a los asesinos y ladrones porque estos proveían a los magos de los recursos para realizar sus hechizos y evocaciones.

Cierto día, las fuerzas de la luz irrumpieron en la ciudad y la cabeza de Equidna explotó, entonces, los asesinos se volvieron contra los magos y ya solo quedaron en pie un mago y un asesino. Tarde, muy tarde cayeron en la cuenta que los guerreros los pusieron en contra, trataron de atacar a los héroes, pero fueron abatidos. Las ciudades y villas alrededor de Equidnápolis pudieron vivir en paz, pero el poder malévolo que contenía la ciudad contaminó toda el área y por eso ocurren cosas extrañas en ese páramo que es todo lo que queda de donde estaba la ciudad. Algunos dicen que hay golems y duendes malévolos que acechan en el bosque. Otros dicen que las almas de los asesinos y los magos no cruzaron el río Estigia y penan en el bosque y ciegan y enloquecen a cualquiera que se acerque al páramo y la última versión afirma que después de la explosión de la cabeza de Equidna, se abrió una rendija en el Tártaro y que los titanes engendran horrores y los lanzan al páramo y que son tantos que no hay poder humano que los pueda contener, son tantos que los dioses temen intervenir.

Mientras saltaba la valla que impide la entrada al páramo, mi hermano me gritó que un licántropo me mataría y mi madre me decía que si escuchaba mi nombre que no respondiera. ¡Qué tontería! Cualquiera sabe que un licántropo vuelve a su forma original cuando se les propina un golpe duro y certero entre los ojos y yo puedo hacer eso muy bien. ¿Responder si escucho mi nombre? ¿Por quién me toman? ¿Quién habría de llamarme por mi nombre en ese lugar? Si alguien me buscara, habría hecho todo lo posible porque no me encontraran, para que no me obligaran a regresar. Nadie iba a quitarme la emoción de vivir mi aventura yo solo.

Mi caminata continuó a través del espeso bosque, tropezaba con las lianas y una densa y oscura niebla cubría todo, apenas podía ver más allá de mi nariz, solo podía distinguir unas sombreas que se cruzaban en mi camino, que me seguían. El sonido del viento no parecía natural, eran susurros y más susurros, como cantos, lamentos y alaridos lejanos, quedos, que gradualmente se hacían más y más intensos, cada vez más desesperados, como si las voces necesitaran que alguien las oyera para sobrevivir. Pero no eran voces, para mí era el viento chocando contra los árboles, solo el viento y no entes vivos o contranaturales.

Ya estaba bastante lejos de la villa, de pronto, unos arbustos me taparon el camino, no es que estuvieran ahí obstruyendo con su mera presencia, sino que se movieron, de alguna manera se arrastraron y me rodearon. Pronto, se les unieron unos árboles cubiertos de entrañas y sangre, tras ellos había unos licántropos y unos machos cabríos negros parados sobre sus patas traseras, danzaban esparciendo la sangre y las vísceras de varios sapos y lagartos sobre el cadáver de un basilisco en medio de un círculo mágico. Quise gritar para provocarlos y luchar contra ellos, pero no pude decir nada inteligible. Algo me impedía el habla.

La tierra bajo mis pies se desmoronó y caí en un túnel profundo, cerré los ojos para que la tierra no entrara en ellos, el aire venenoso me hizo perder el conocimiento, no sé por cuánto tiempo estuve inconsciente, lo cierto es que no fue un descanso, tormentosas pesadillas me asaltaron y desperté sumamente fatigado.

Lo primero que vi al despertar fue un altar dedicado a un dios infame y olvidado, pronto encontré más altares, cada vez más grotescos y obscenos. En un ambiente pesado, en medio de ese aire enrarecido y encerrado por siglos encontré las ruinas de Equinápolis. Extrañamente, la ciudad estaba iluminada a pesa de encontrarse bajo tierra. Pensaba en la forma de salir de ahí, pero al prestar atención a las majestuosas ruinas de la ciudad, nada más me importó y, tentado a conocer el origen de las supercherías de la gente de la villa, proseguí mi camino.

Mientras vagaba por las ruinas de Equidnápolis, una sonrisa iluminaba mi rostro, me sentía grandioso por haber descubierto los vestigios de una ciudad legendaria. Yo no dudaba de la existencia de la ciudad pero no creía en las leyendas acerca de los gremios de asesinos y de hechiceros. ¿Cómo sobreviviría una ciudad sin comercio, sin agricultura? ¿Asesinando y plagiando? Quería respuestas y tenía frente a mí a una ciudad completamente llena de ellas.

Por donde volviese la vista encontraba mármol tallado en abundancia, estatuas de bronce, bustos de plata y electro, representaciones grotescas de quimeras, arpías, gorgonas y grifos. Sin lugar a dudas la ciudad contaba con muchas riquezas, obtenerlas mediante el saqueo y el plagio es lógico, pero aún así ¿qué comían? ¿Cazaban en abundancia acaso? Pronto encontré una respuesta, vi algo que pudo haber sido un invernadero junto a la entrada de un río subterráneo, pude escuchar el sonido del agua corriendo. Entonces sí había agricultura. Continué caminando durante horas sobre numerosas piedras, que después supe que eran extraños árboles que jamás había visto, así como ruinas de casas. Sin embargo, no había rastros de templos, mercados, ágoras u oráculos, solo altares y casas ruinosas. ¿Entonces como se gobernaban? ¿Quién tomaba las decisiones, quién mandaba? ¿Un rey o un tirano?

De pronto puse más atención y me di cuenta que había dos estatuas de Equidna decapitada, una frente a la otra separadas por varias decenas de pasos, se trataba de las puntas de la cúpulas de dos grandes edificios bajo tierra. Me interné en ellos y los exploré por dentro. Pude darme cuenta que se trataba de los centros de reunión de los gremios. Aun quedaban salas en pie en los que había papiros rotos, pero aun legibles. Tras leerlos supe que el invernadero era cultivado por los hechiceros con ayuda de la gente que esclavizaban, sus sortilegios hacían que las plantas rindieran mejor y que los animales se acercaran a la ciudad para que fueran cazados por los asesinos. En efecto, aunque se mantenían por el asalto y el plagio, realizaban actividades agrícolas. Me seguía pareciendo absurdo de todas maneras. Los gobernantes eran los jefes de los gremios, eran tiranos.

Una vez satisfecha mi curiosidad, continué vagando por la ciudad y me detenía reírme de los altares y de las estatuas. Siempre supe que se trataba de altares de deidades bárbaras importadas del Asia Menor, de Mesopotamia y de Egipto, dioses falsos por montones. Dioses falsos cuyas representaciones eran tan grotescas que la gente pensaba que se trataba de demonios. Por todos lados encontraba nombres extraños escritos en las paredes, nombres como Naama, Jezbeth, Kalifax, Arfaxat o Baalberith. Encontraba círculos que decían: “Ven Beckard” o “Atrás Guland”. Curiosamente los altares estaban tanto del lado de los hechiceros como del lado de los ladrones y los asesinos.

Me avergoncé y me reí de la gente de mi villa, siendo que ellos creían en esas habladurías no podían tener razón frente a mis argumentos, mis evidencias, frente a mí que estaba en las ruinas de Equidnápolis. Mis ánimos burlones se liberaron por completo y sin respeto alguno, me burlé en voz alta de un altar dedicado a Ewwah.: “Ewwah, qué nombre más ridículo ¿Qué poder tendría un ser con un nombre tan tonto como Ewwah?”. No podía parar de reír, entonces una voz iracunda me amenazó, me ordenó que callara mis burlas. Pensé que estaba siendo influenciado por las cosas que decían en mi villa, pero la voz continuó y me hizo dudar, pues yo dije que no era cierto que el páramo estaba bajo un sortilegio maligno y que encontrarme con las ruinas de Equidnápolis me daba la razón. Entonces pensé: ¿Por qué la niebla, los árboles con entrañas y los arbustos me taparon el paso de pronto? ¿Por qué detrás de los arbustos vi a un grupo de licántropos realizando actos de nigromancia?

Yo continuaba pensando que las habladurías de la gente de la villa me estaban haciendo pasar un mal rato, que me estaban confundiendo, que era solo sugestión y lo dije en voz alta. Pero era cierto, yo vi todo eso, los arbustos los licántropos nigromantes, lo vi y no quise aceptarlo, no quise comprenderlo. Continué vagando, pero no estaba tan contento como al principio., estaba confundido y molesto conmigo mismo. Caminaba ensimismado, reprochándome y pensando en la forma de salir de las ruinas de Equidnápolis.

De pronto la tierra comenzó a temblar, corrí frenéticamente, aterrorizado porque parecía que la tierra sobre las ruinas de Equidnápolis caería sobre mí y que moriría ahí. Pronto cesó el temblor pero yo seguía intranquilo, especialmente porque escuché pasos detrás de mí, volví la vista repetidas veces, pero no había nada, seguí escuchando pasos, cada vez más cerca, parecía que eran muchas personas, pero no había nadie más que yo. En determinado momento di media vuelta y comencé a caminar hacia atrás y de improviso choqué con algo, creí que era una roca o un altar, volví la vista y me aseguré que era un altar. Suspiré aliviado, pero mi alivio fue efímero, pues en un instante sentí un gélido aliento en mi nuca y escuché un leve gruñido detrás de mí. ¡Era Ewwah! ¡Me había seguido! Nunca en mi vida había visto algo tan horrendo, me respiración se detuvo y el maldito monstruo esbozó una sonrisa maligna y desapareció. Si se apropió de mi alma en ese momento no lo sé, yo simplemente pude contemplar como cambiaba todo en Equidnápolis…

Desde lo más profundo del tártaro surgió un enorme árbol cuyas ramas gemían al crecer y de ellas crecían frutos sanguinolentos, los cuales caían a la tierra y de ella surgían seres grotescos, deformes como todos los seres que nacen de la tierra. Eran cientos, eran miles, hienas policéfalas, enormes sapos rastreros con múltiples bocas llenas de colmillos, garras escamosas que se arrastraban por el suelo, gusanos cubiertos de lama… Todas las criaturas iban tras de mí, pero eso no era todo, mientras corría surgían más árboles engendradores de aberraciones, con ramas que no paraban de gemir. Algunos de esos monstruos pudieron cortarme y herirme con sus garras. No pudieron alcanzarme, tenía que salir de Equidnápolis ¡pero no había forma!

El viento comenzó a susurrar mi nombre, se escuchaban murmullos inhumanos, cánticos enloquecedores, cánticos malignos, como alabanzas para despertar a los titanes conjuros para derrocar a los dioses…

El viento seguía susurrando mi nombre, hasta que pronto los susurros se escuchaban más cercanos y una voz melodiosa me llamó… su piel era como el relámpago, sus cabellos eran terciopelo negro, era hermosa, creí que era una ninfa y me acerqué, me dijo que me ayudaría a salir de Equidnápolis, pero me di cuenta a tiempo que era una criatura horrenda, de lengua bífida y dientes putrefactos. Unas enredaderas lechosas caían de su cabeza a manera de grotesca imitación del cabello, casi no tenía piel y se le veían los huesos, sus huesos ennegrecidos, ulcerosos, granulosos.

Los engendros malignos se acercaban cada vez más y tuve que escapar, no estaba dispuesto a morir en esas condiciones ni en ese lugar, seguí corriendo y de la nada aparecieron licántropos y golems, cadavéricos nigromantes comandaban a un ejército de sombras ansiosas por vengarse y las seguían interminables hordas de muertos resucitados. Uno de ellos, un asesino o ladrón, me dio alcance, pero me defendí y le arrebaté un garfio unido a una soga y huí. Entre la niebla logré distinguir el hueco por el que entré a esa ciudad enterrada, rogué a los dioses que no fallara, lancé el garfio con todas mis fuerzas y acerté, el garfio se clavó firmemente en la tierra del otro lado del túnel. Trepé por la soga, pero detrás de mí venía el engendro que se había hecho pasar por una ninfa y su gesto horroroso me hizo entender que quería destruirme, entonces me apresuré a llegar al otro lado del túnel y desclavé el garfio y corté la soga con mi machaira, pude ver como el engendro se estrellaba en la tierra.

Frente a mí estaba otro ejército de monstruos, basiliscos, esfinges, grifos, licántropos, me abrí paso entre ellos saltando y repartiendo tajos indiscriminadamente, a todo lo que estaba al alcance de mi machaira lo herí y logré escapar, pronto llegaría a la villa, estaba cerca de la valla y repentinamente escuché que alguien decía mi nombre detrás de mí, volví la vista y me encontré con el engendro que se disfrazó de ninfa, era ese u otro igual, no lo sé, pero de de alguna manera me dio alcancé y me derribó, el engendro no me hizo daño, simplemente se desvaneció en el aire, no sin antes revelarme que los nigromantes y los asesinos de volverán y sobre las cenizas de mi pueblo fundarán una segunda Equidnápolis y me dijo que su nombre me atormentaría siempre, dijo llamarse Aloqua.

Llegué a la villa tan cansado, nunca me canso de correr, todos me han visto corriendo durante horas cargando peso, competí en los juegos en honor a los dioses, ¿recuerdan? No sé por qué, pero la machaira de mi padre, que se según contaba él, había sido forjada con un trozo de la espada del gigante Crisaor, el de la espada de oro, se suponía que mi machaira me ayudaría a protegerme, ahora me está quitando la vida. Mi voluntad se tuerce, se desploma bajo el peso aplastante de ideas tan irremediablemente desoladoras. Por alguna razón, bajo algún maligno encantamiento, me herí deliberadamente mientras saltaba la valla. Ahora solo ustedes pueden impedir que me lance por el pozo… mi voluntad no me responde, se extingue y el tártaro me espera…

Yo creía que todo era mentira, habladurías. No entendí que ustedes, la gente de mi villa son gente sabia en realidad, tenían razón todos ustedes. Y yo traje la maldición de Equidnápolis sobre ustedes. No quedará nada, solo perdición y todo por mi culpa, todo por desobedecer, por desoír las sabias advertencias de mi gente… ¿Qué se puede hacer?

9 comentarios:

Azul María dijo...

:* muack!

jijijiji

Mantovanni dijo...

esta larguisismo pero muy bueno

Zed dijo...

F E N O M E N A L

Igualar esta calidad me va a costar un pulmón y la mitad del otro...

El Signo de la Espada dijo...

Azul:

:* y más muack y smuax, mi tirípeti!
(abrazo)

Mantovanni:
Sobres, consideraré tu comentario sobre la longitud del cuento. Qué bien que te gustó.

Zed:
Lo dices por el cuento que publiqué aquí o el que se publicó en patitoproductions?? jejeje

Por qué un pulmón y la mitad del otro, porque vas a fumar un chingo mientras escribes? jejeje. No creo, Zed. Tú escribes muy bien tienes muy buenos elementos para crear una historia más chida, lo único que tienes que hacer es integrarlos.

LiLitH 2.0 dijo...

.. supongo qe aceptar las consecuencias de nuestros actos ii proqurar hacer algo al respecto =/


.. weno, iio por aqí.. dándome un
break del trabajo, qe afortunadamente.. va saliendo =)


.. espero anden bien por aiiá, ajajaj.. a ver hasta quándo nos vemos.. mientras tanto, nos seguiremos la pista por la red ^^


.. saluditos.!

Pocoyo dijo...

hey buen cuento!

y por lo del voyo nulo hay un megademadrenoséquéhuevos de todos si votan lospinches candidatos y uno que otro timorato valemos madre!

saludos!

Zed dijo...

Ps por ambos dos mi buen, y sí, lo de los pulmones es por los cigarros.

A ver con que jalada salgo pronto, porque ahorita ando como loco en el final de semestre, yei!!!

Un abrazo defeño.

El Signo de la Espada dijo...

Lillitu: Ayer se dio la oportunidad, pero ni edo, ya no se pudió.

El sentido de la pregunta no era que podría hacer el chavo, sino qué podía hacer su villa contra la venganza de los seres malignos de Equidnápolis!!

POcoyó:
Ah, chingá... qué dijiste?? jejeje

Nos leemos. Gracias por pasar

Zed:
Hombre gracias de nuevo.échale los kilos y saldrá todo chingón, vale. Suerte, abrazo sureño

jota pe dijo...

-- vientos espada, dale a esas obsesiones que la espada se pone mas filosa! chido!

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