Manada
La
noche no cedía terreno al alumbrado público. No había estrella alguna titilando
en la inmensidad del firmamento, pues el oscuro manto de la noche se había
adornado con nubes.
Rogelio se encontraba sentado en la esquina del colchón
planteándose posibles actividades para el siguiente día, ese día tuvo mucho
trabajo. De pronto le pareció escuchar pasos y después una voz. A lo lejos,
varios pares de pies se movían sobre el asfalto impregnado de arena húmeda, lo
que producía un sonido de roce casi imperceptible, pero que por alguna razón se
escuchaba débilmente en el cuarto de Rogelio y él, sin darse cuenta, estaba
inmerso en ese sonido.
La voz de su hermana lo sacó de su abstracción. Algo estaba
pasando, el internet no servía, la televisión tenía mal la imagen, todos los
canales estaban en blanco. No sabía qué hacer. Pensó en subir a la azotea para
revisar la antena, pero no tenía ni idea sobre qué hacer o qué pudiera estar
pasando. Aun así subió y desde allí pudo ver a un grupo de hombres jóvenes. No
los reconoció, pero las siluetas le parecían familiares.
En menos de un minuto, los hombres llegaron a su puerta, se
escuchó el timbre y después varias risas. Eran Bernardo, Luís, Homero, Roberto,
Gerardo, José y Víctor, sus amigos de la secundaria. Rogelio tenía varias
semanas sin ver a ninguno de ellos, en especial a Bernardo, no sabía que estaba
en la ciudad.
- Fantasma.- dijo Bernardo a manera de saludo, pero estaba inusualmente
serio.
- Qué hubo, fantasma.- dijo Luís, también serio. Eso era muy extraño.
- ¿Qué onda cabrones?- dijo Rogelio sonriente, sorprendido por la inusual
extensión de la comitiva que lo visitaba.- ¿Y ese milagro?
Todos tenían un gesto extraño dibujado en el rostro que
sorprendió a Rogelio y poco a poco lo hacía sentir más inseguro.
- Sal.- ordenó Homero con severidad.- Ven. –Culminó.
- ¿Qué hacen aquí? ¿Pa’ dónde vamo a jalar?- preguntó Rogelio
amistosamente mientras salía.
Luís miró a Bernardo y a Roberto al tiempo que Bernardo le
devolvía la mirada a Luís y la dirigía a Gerardo, en cuestión de segundos,
Víctor, Gerardo y Homero tenían preso a Rogelio.
- Te vamos a partir tu madre.- dijo Luís, sin contemplaciones.
Entre todos levantaron a Rogelio sobre sus cabezas y lo
llevaron consigo casi una cuadra y lo bajaron con cuidado.
- ¿Adónde van?- preguntó Rogelio con cierta inocencia, nervioso.
- Vamos a tragar al parque de la prepa.- respondió Bernardo.- Vente.- dijo
rodeando a su amigo con un brazo.- ¿Cómo has estado, fantasmita?
En cuestión de minutos, Bernardo y Rogelio se pusieron al
corriente de las actividades, aventuras, desventuras y pormenores de uno y del
otro, entre la oscuridad que parecía ganarle la batalla a las lámparas de la
calle, los jóvenes llegaron hasta uno de los muchos puestos de hot- dogs y
tortas que había frente al parque de la preparatoria.
Para Bernardo era todo un alivio comer allí, pues le
gustaban mucho los hot dogs y en la ciudad donde él había cursado su
licenciatura no los hacían como en su ciudad natal.
Todos ellos tenían cerca de doce años de conocerse. Todos
estudiaron en la misma secundaria y, a excepción de Gerardo y José, en la misma
preparatoria, por eso para ese grupo era una especie de tradición comer hot-
dogs en ese parque.
Sin embargo, esa reunión no era casualidad y tampoco lo era
la singular vivacidad con la que se llevaba a cabo. Luís y Homero se habían
asociado y formaron una empresa pionera en mecanismos electrónicos de
seguridad. Gerardo estaba recién graduado de diseño gráfico, José era profesor
de primaria, Víctor tardaría pocos meses en graduarse de ingeniería mecánica,
Roberto era ingeniero bioquímico y ya era docente en su alma Mater, Bernardo se acababa de graduar de ingeniería biomédicas
y Rogelio tenía varios meses de haber truncado informática.
Todos estaban contentos de estar juntos como en la
escurridiza adolescencia, dejada atrás cada vez más lejos. Todos estaban ahí
para celebrar que, a pesar del paso del tiempo y las decisiones que cada uno
tomó, ese día celebraban que eran hombres y seguían siendo amigos como cuando
eran niños.
Las horas pasaron como hojas arrastradas por la corriente de
un río. El grupo caminaba en la calle ya de madrugada, soltando grandes
carcajadas, recordaban por qué se habían ganado los motes que tenían. Bernardo
era el loco porque, a decir de muchos,
estaba loco. Luís era La sombra o el sombras, o todo lo que tuviera que
ver con el color negro, debido al oscuro tono de su piel. Homero era El Valín porque de espaldas se parecía
mucho, pero con menor estatura, a otro compañero al que le decían Valón, a Roberto le decían el muerto, por la palidez de su cara, su
andar trastabillante, a veces arrastraba un pié, como los muertos vivientes de
las películas. Gerardo era llamado el suerudo,
pero era raro que le llamaran por su mote, a José le decían el mostro, por su corpulencia, o la cabeza de Pascua, por el elevado
volumen de su cabeza, José, a esa fecha, tenía la misma estatura y más o menos
el mismo peso de cuando lo conocieron. Víctor no tenía mote y Rogelio era El fantasma por la blancura de su piel y
porque se parecía al tío gordo de Gasparín.
En medio de tanta diversión tuvieron la ocurrencia de beber
unas cuantas cervezas. Platicaban sentados en una esquina mientras bebían y una
bruma se acumulaba en la superficie de las calles. La idea era beber una o dos
cervezas para cada uno, pero no quedaron satisfechos. A Bernardo no le parecía
buena idea y Rogelio tenía pendiente pues
intentó llamar a su casa, porque no avisó a donde iba, pero su celular no
servía, por algún extraño motivo. Gerardo tenía sueño. Pero esa ocasión no se
iba a repetir en mucho tiempo, la ocasión era realmente especial, así que todos
tenían ganas de estar despiertos toda la noche divirtiéndose como antaño.
Mientras caminaban hacia la tienda de conveniencia donde
compraron la primera ronda de cervezas, Bernardo tuvo una sensación extraña,
sentía como si la bruma, esa bruma tan inusualmente espesa, le apresara los
tobillos, pero en medio de las risas, del disfrute del momento, le restó
importancia a esa sensación.
Justo en el momento en el que Bernardo comenzó a sentir la
bruma otra vez, Roberto le dijo
- ¿Ya viste quién vive ahí?- le dijo señalando con su huesudo dedo a una
casa.
- ¿Quién?- preguntó extrañado, pronto reconoció el nombre escrito en la
pared, era la casa y oficina de su profesor de matemáticas de la secundaria, al
que le guardaba cierto rencor.- Lo voa chingar- culminó imprimiendo
satisfacción en su voz.
En un instante, Bernardo estaba parado a la puerta de la
casa de su antiguo profesor, se bajó el cierre y empezó a orinar por toda la
puerta, cuando escuchó un ruido, era una lata que Homero había lanzado a la
ventana, cubierta por un panel metálico. Ninguno de ellos contaba con que el
profesor estuviera despierto, ni esperaron a enterarse, todos corrieron como si
los persiguiera un enjambre de abejas.
- ¡Hijos de la chingada!- escucharon a lo lejos, protegidos por la
oscuridad. - ¡Bestias!
“Bestias” pensó Bernardo. Eran hombres bestiales, bárbaros y
eso le gustó. No eran una horda, eran una manada de hombres salvajes. Una
manada en la que todas las bestias eran hermanos. Ahora eran bestias a las que
casi les faltaba aullar. Entraron de nuevo a la tienda de conveniencia y el
cajero se asustó, los vio entrar caminando como si fueran una manada de hienas
que merodeaba entre la neblina en busca de una presa.
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La casa de Rogelio se ubicaba en una esquina y en la esquina
contraria la manada se encontraba platicando y bebiendo. Bernardo estaba
orinando a medio callejón, junto con Homero y Gerardo.
- Un mexicano nunca orina solo. – le dijo a sus compañeros.
Sentado, mientras una refrescante llovizna caía sobre ellos,
Bernardo contempló a sus amigos y recordó el último día de clases en la
secundaria. Ese día había caído una tormenta sobre la ciudad. Bernardo estaba
feliz, henchido de satisfacción porque se terminaba ese ciclo y porque hacía un
tiempo muy fresco, pero a la vez estaba triste porque sentía que no volvería a
ver a sus compañeros, a sus amigos. Ese día rondaba en su cabeza una de las
melodías más tristes que había escuchado a sus quince años, se llamaba silencio o al menos así lo estipulaba en
la etiqueta del cassette. De vuelta
al momento, Bernardo sintió como que no había pasado más que un día después de
ese último día de clases en la secundaria. De pronto se levantó y abrazó a Luís
y a Rogelio, que estaban parados.
- Vamos por otras chelas, yo disparo. ¡Chingue a su madre el diablo!
Para esa hora, casi las cinco de la mañana, los faroles de
la calle parecían haberse rendido a la brumosa oscuridad que reinó esa noche.
Cerveza en mano, la manada se dirigía de regreso a casa de Rogelio. Al dar la
vuelta en una esquina, Bernardo sintió escalofríos y se detuvo en seco al ver a
un gato negro. El animal también se detuvo y no quiso cruzar la calle como
aparentemente iba a hacer, sino que regresó sobre sus pasos y desapareció entre
las sombras.
- Das mala suerte, cuate.- le dijo Víctor.- Por eso se regresó el gato.
Cerca de donde desapareció el gato, había una ceiba de
tamaño mediano, un árbol joven. Las sombras parecían más espesas alrededor del
árbol, a pesar de que era el único punto de esa calle que no estaba cubierto de
neblina.
- Hazte para acá, Luís.- dijo José.- Casi no te veo. O sonríe para que
sepa donde andas.
Luís le respondió con
una seña obscena.
- ¿Me paro al lado de la ceiba, pa’ que me jueguen?- preguntó Rogelio
haciendo alusión a la superstición local: las ceibas albergan espíritus
malignos que gastan bromas espantando o dejando estupefacta a la gente.
- A ver, pues. – lo retó Roberto.
- Va, pues- respondió Rogelio haciendo ademán de acercarse a una
superficie cóncava del árbol, casi de su tamaño.
- ¡Qué chiste! Ya eres fantasma- dijo Roberto, tomando del brazo a su
amigo.
- Y tú ya estás bien muerto.- Tras la risa de todos dijo.- Voy pues.- Y se
acercó a la oquedad.
Justo en ese momento,
Bernardo sintió que se le abría un hueco en la boca del estómago y también
sintió como si una sombra lo abrazara, giró la cabeza hacia la ceiba y estiró
el brazo:
- ¡Fantasma, no!- gritó acercándose tratando de detenerlo.
La
preocupación de Bernardo no estaba infundada, tuvo un mal presentimiento que
para desgracia de todos, se cumplió: al recargarse sobre la superficie de la
ceiba unas manos salieron de ella y apresaron a Rogelio, se lo llevaron a
través de la ceiba, su amigo desapareció. Atravesó la ceiba por la fuerza,
alguien se lo había llevado y no había indicio alguno que hiciera suponer que
eso era algo bueno o que tendría una solución sencilla.
1 comentario:
Ya en entradas anteriores habias planteado la situacion de las ceibas, si mal no recuerdo.
Me gusta como va el relato.
Saludos!
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