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domingo, 10 de noviembre de 2013

Correr de nuevo por MI ciudad

No puedo entender por qué, pero me sorprendo de ver los grandes árboles de mango, las palmeras y las primaveras que abundan en mi ciudad. Me lleno de emoción al ver que en algunas calles hay montones de cuajilotes mordisqueados por murciélagos, pues me hacen recordar los días en que mis amigos y yo los pateábamos, simulando jugar al fútbol o, como los salvajes que éramos y que aún somos, nos los lanzábamos.

Ha sido un día muy soleado, aunque con mucho viento, un viento fresco y húmedo, seguramente lloverá. Se dibuja en mi rostro una gran sonrisa mientras camino y veo a la gente de mi ciudad. Puedo sentir que a pesar de todo, la gente sigue siendo cálida y bondadosa. De ello sobran ejemplos: veo automovilistas que ceden el paso a los peatones aunque no les toque, un joven le ayuda desinteresadamente a una anciana a llevar la bolsa del mandado, una chica comparte su pollo con un perro hambriento.

Súbitamente, los relámpagos hacen su aparición, ya no hace calor, pero aunque se asoman revueltas y voluminosas nubes, Helios sigue siendo visible mientras caen las primeras gotas de una llovizna. Hoy pagan los transas, digo divertido. Respiro profundo y sacudo las piernas, este ambiente me provoca correr hacia mi casa. Estoy en el norte, en la parte elevada de la ciudad, voy a descender.

Comienzo con calma, acelero al 40% de mi capacidad, pero antes de llegar al borde de una banqueta elevada, acelero a fondo y salto. El aire me acaricia mientras siento que caigo muy lentamente, siento que floto, como si la aceleración de la gravedad fuera menor a 9.81m/s . Mis pies tocan el suelo y salto de nuevo, pues la banqueta vuelve a presentar un descenso.

¡Como ansiaba saltar de ese modo! La pendiente se hace menos pronuciada y acelero hacia una roca de casi un metro de alto, salto sobre ella y descubro feliz que aún soy capaz de saltarla. Vuelvo sobre mis pasos y me dirijo hacia la roca de nuevo, más rápido esta vez. Salto y al pisar sobre la piedra, vuelvo a saltar. Por momentos me da miedo estrellarme con un poste de luz, pero logro esquivarlo y continúo mi carrera hacia mi casa.

Ya llevo más de dos cuadras y no me siento agitado, tal vez sea porque he estado viviendo a mayor altura sobre el nivel del mar. Sonrío y me dan ganas de cantar Run Like Hell, pero me guardo de hacerlo, pues sé que si hablo o canto me cansaré más pronto, eso es sentido común. ¿Pero por qué pienso en esto? ¡A correr! 

Me da gusto volver a correr así, en esta ciudad. Me encanta poder pisar las calles que me vieron crecer, que vean cuán fuerte me he vuelto. Corro tan rápido que se distorsiona el rostro de la gente cuando paso a un lado de ellos. De nuevo me encuentro con otra depresión en el relieve de las banquetas, esta vez no salto, me dejo caer solamente. Me sorprende de nuevo lo lento que parece que caigo. Es verdad que cuando corro tan rápido, a menudo se altera mi percepción y todo parece ocurrir muy lentamente, pero esto ya me sabe exagerado.

De igual manera, en las siguientes depresiones me dejo caer y solo en una salto. ¡No es posible! Salte o no parece que caigo a la misma velocidad. Como me haría bien tener un cronómetro ahora. Ya comienzo a sentir un poco de agitación. Llevo ocho cuadras, pero lo normal es que me sienta agotado a estas alturas. Y que mis rodillas me mienten la madre, pero es todo lo contrario, ¡me siento increíble!

La carrera sigue y entonces, en la otra acera veo a un policía persiguiendo a tres niños negritos y comienzo a cantar: Es hora de animaniacs, estamos locos de atar... luego sacudo la cabeza, algo no anda bien. Por la calle rolan autos de los sesentas y desde su interior emana una música que no puedo identificar en un principio, pero pronto me doy cuenta que es música country ¿Quién diablos escucha música country en mi pueblo? Acelero, intentando alejarme de ese distractor y entonces me doy cuenta que era Bed of roses interpretada por los hermanos Statler, sigo corriendo mientras oscurece a mi alrededor y la música se escucha como en fade out...
















¡PUTA MADRE! ¡ESTABA SOÑANDO!

miércoles, 19 de junio de 2013

Correr por el Túnel de la Ciencia.

En el increíble blog Tecnoculto, del gran Andrés Borbón, Médico, Psiquiatra, Blogstar y a quien tengo la grata fortuna de contar entre mis amigos, podrán encontrar una serie de posts en los que Andrés habla acerca de correr, de trotar por las mañanas. Intentando seguir esa tradición ya he escrito Correr al llamado de la noche, que recibió un inmerecido elogio por parte de Andrés.

En su blog, en los posts sobre correr, Andrés habla de satisfacción, de autodesafío y de libertad. En este caso, debo advertiles, les hablo de ira contenida, de una desesperada lucha contra el tiempo, una absurda peripecia.

Allá vamos.

Me encuentro varado en la estación de Etiopía, durante todo el camino desde Looniversidad (Universidad) voy tranquilamente leyendo Ubik, de Philip K. Dick, a sabiendas que era viernes a las seis de la tarde, siempre se llena, siempre se atora, me armo de paciencia cuando viajo en esas condiciones. Necesito llegar a la Terminal del Kung Fu del Puño de la Estrella del Norte (Terminal del Norte). El tren deja de moverse, yo sigo leyendo en calma, mientras una pareja se come a besos a centímetros de mi. ¿Qué pasa? Puedo entender que el tren se quede parado cinco u ocho minutos, pero ¿veinticinco? ¿Media hora?

A cada parada no puedo evitar gruñir. Centro Méndigo (Centro Médico), Clínica coronel (Hospital General), Niños güeyes (Niños héroes), Nalgueras (Balderas), Maximiliano (Juárez), Calleja (Hidalgo), Iturbide (Guerrero), otro atorón en Tráete al Loco (Tlatelolco) y al llegar a la Banda (La Raza) salgo disparado antes de que la puerta se abra por completo.

Es liberardor impulsarme hacia delante con el pie derecho, los brazos extendidos hacia atrás y la rodilla izquierda por delante y la mandíbula apretada como si tuviera trisma. Este nuevo pantalón no me deja dar grandes zancadas, no debería estar corriendo, no sin calentar, no con estos quince kilos de más. No puedo pisar con fuerza si no quiero lesionarme las rodillas, pero tengo que llegar YA a la terminal. Balanceo mi peso entre los pies, la mayoría de mis pasos los doy con las puntas. Afortunadamente, mi hermano me regaló estos buenos tenis que tienen una excelente amortiguación. 

Hay mucha gente, la mayoría camina rápido pero otros son más lentos que un tortuga reumática, lo peor es que ni siquiera van lento por observar todo lo que el Túnel de la Ciencia muestra. ¿Cuántos veces he pasado por ahí? Nunca me detengo a ver nada, siempre voy caminando a buena velocidad, pero aun así logro disfrutar casi todo. Pero hoy voy corriendo, frenando, saltando. Esquivo a la gente, cada pequeño espacio que encuentro lo aprovecho y me deslizo entre la gente.

Pero no falta que vayan dos o tres personas como soldados Tebanos, todo el espacio ocupado y me dan ganas de saltar la valla para seguir corriendo del otro lado, aunque vaya en sentido contrario, pero me abstengo ante la presencia de un par de policías, precisamente recargados sobre la valla. No creo que estén de servicio, pero es mejor no averiguar. De pronto logro ver un pequeño espacio, pegado a la valla, una mujer va unos pocos pasos adelante de un hombre mayor. Me equivoqué, no puedo pasar entre ellos. Molesto como estoy, quiero gritar "Muévete gorda nalgona", pero me limito a pensarlo mientras camino detrás de la mujer que, o es telépata o mi respiración agitada la hizo salir de su distracción y se hizo a un lado.

Tras un pequeño salto, mientras sonrío aliviado, de nuevo me impulso hacia delante con los brazos extendidos hacia atrás. Poco antes de la parte donde están las constelaciones esto se empieza a despejar y entonces acelero y trazo una curva, pienso en un cometa cuyo curso se altera por la gravedad de un gran planeta. Viene a mi mente el Shoemaker- Levi 9, que precisamente se estrelló en Júpiter en el 94. 

¡MIERDA! Casi no veo y la gente se arremolina, no puedo ver espacios por donde pasar. Me veo obligado a frenar, hacerme a un lado, dejar pasar. Ya comienzo a ver mejor, lástima que no puedo ver con detenimiento las fotos de novas y supernovas. 

Un trío de quinceañeros acelera al  verme pasar, vuelvo la vista y les sonrío, ¿piensan que pueden alcanzarme? ¡Por supuesto que no! Soy un fantasma, niños. Acaban de ver a un fantasma sonreír y desaparecer entre el gentío. 

Por fin llego a la escalinata que me llevará al siguiente andén. Subo las escaleras de tres en tres, me abro paso entre la gente, imagino como se vería mi trayectoria si me colocaran un sombrero de leds, como si se tratara de observar a un microbicho con un flouróforo encima. Llego al andén y mientras espero el siguiente tren tomo grandes bocanadas de aire, me mantengo en movimiento, no quiero enfriarme. 

Llega el tren y entro en el de un salto, me mantengo en movimiento dando pequeños saltos y en cuanto llego a la siguiente estación de nuevo arranco desesperado, no debo haber pasado más que un minuto y medio esperando el tren, pero necesito llegar YA . Llego a los torniquetes, que los odio, deberían quitarlos. Pensando en ello, en el torniquete de al lado un hombre se atora, el joven detrás de él se quiere meter al que estoy tratando de entrar sin golpearme los testísculos. Le doy un empellón y lo hago rebotar como el pendejo que es. Atravieso el torniquete y de nuevo corro a las escaleras. 

En el camino, el joven que quiso cerrarme el paso me da alcance, pero lo rebaso y lo pierdo en las escaleras. Salgo de la estación y corro hacia la terminal, mis costados comienzan a doler. Cruzo la calle sin fijarme si tengo luz verde o no. Una vez dentro de la terminal, aminoro la marcha y entonces me deslizo al llegar a la ventanilla: "A San Juan del Río, por favor, señorita" digo sonriendo, tratando de no parecer agitado.

jueves, 7 de marzo de 2013

Correr al llamado de la noche

Hace mucho tiempo que no sentía el llamado de la noche. No recuerdo la última vez que mi cuerpo se dejó llevar por el intenso deseo de capturar al corazón de la noche. Empiezo a sentir ese tremor que me asalta cuando percibo la voz de Nyx. Trato de calmarme, poco a poco se intensifica esa energía dentro de mi que me obliga a levantarme. Me resisto, mi cuerpo ya no es el mismo de hace años, tengo mis escrúpulos, no quiero sufrir las consecuencias de tal cacería el día de mañana.

Cierro los ojos con fuerza, mi cuerpo se estremece con mayor intensidad a cada minuto. Llega el momento en que no puedo resistir a la inquietud salvaje que me invade y los escrúpulos iniciales desaparecen. Abro la puerta y salgo de casa. Camino con torpeza, intentando dar velocidad a mis pasos, veinte metros bastan para que empiece a trotar. El aire nocturno, el aliento de la noche me seduce.

A mi paso, las luces del alumbrado público titilan, otras se apagan y no puedo evitar esbozar esa sonrisa feroz que tantas veces adornó mi rostro en aquellas lejanas noches. Acelero, siento como mi cuerpo se estrella con el aire cada vez más rápido. Acelero y muerdo con fuerza, un rugido se escapa entre mis dientes y al entrar en contacto con el aire, este se estremece. La noche sabe que voy tras ella.

Al poco tiempo de avanzar, la oscuridad me traga: no hay una sola farola encendida, ni un automóvil cerca. No sé a qué velocidad voy, lo cierto es que mi cuerpo me avisa que no está en las condiciones de correr así, pero no le hago caso, entre la oscuridad distingo el fin de la banqueta, la euforia me ha embriagado y de pronto noto que voy más rápido, casi automáticamente salto y siento algo importante, algo que me sorprende y que incrementa mi euforia: he cortado el aire.

El ritmo de mi corazón es el de un huracán o una avalancha. La noche sigue seduciéndome, se desliza entre mis dedos, pero ya no duda que voy en serio, voy a atraparla. De nuevo llego al final de la banqueta y estoy cerca de alcanzar la otra acera de un salto. Mientras estoy en suspendido, el tiempo parece ralentizarse, siento como la noche me atrapa en un abrazo.

Al caer, el impacto se hace sentir en mi cuerpo, vuelvo a sentir el aire, la noche me susurra, desea más de mi. Mi cuerpo se resiste, pero la seducción de la noche es una fuerza meteórica que no puedo resistir. La calle se acaba pronto y mi cuerpo me advierte, me punza, suda, tiembla... pero yo vuelvo a despegar del suelo, vuelvo a cortar el aire contraigo mis extremidades y las estiro con fuerza hacia delante, siento como mis piernas y mis brazos se desplazan centímetro a centímetro, como dan forma a una patada voladora.

Emito una risa salvaje, mi cuerpo sabe que no daré marcha atrás, por más que intente rebelarse. Sabe lo que haré y no le gusta, pero no me importa. Poco a poco se intensifica la contractura en mis costados mientras incremento la velocidad de la carrera, la banqueta se elonga, pero pronto llego a su final y la luz de la luna me baña mientras me elevo y azoto el éter nocturno con los pies ¡dos veces antes de regresar al suelo! Esta vez tengo que ceder a los reclamos de mi cuerpo, los costados me tienen atenazado y las rodillas casi no soportan mi peso. Es hora de volver a casa.Vuelvo cansado y dolorido, pero satisfecho. Aunque no alcancé el corazón de la noche, le robé una sonrisa: la luna que me iluminó en el último salto. 

Lo que más me satisface es que sé, que pese a todo, no importa que mañana el dolor se apodere de mi, más temprano que tarde, volveré a intentar la captura del corazón de la noche.


Ahora por favor lean este post, excelente escrito del gran Andrés Borbón!

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