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domingo, 10 de noviembre de 2013

Correr de nuevo por MI ciudad

No puedo entender por qué, pero me sorprendo de ver los grandes árboles de mango, las palmeras y las primaveras que abundan en mi ciudad. Me lleno de emoción al ver que en algunas calles hay montones de cuajilotes mordisqueados por murciélagos, pues me hacen recordar los días en que mis amigos y yo los pateábamos, simulando jugar al fútbol o, como los salvajes que éramos y que aún somos, nos los lanzábamos.

Ha sido un día muy soleado, aunque con mucho viento, un viento fresco y húmedo, seguramente lloverá. Se dibuja en mi rostro una gran sonrisa mientras camino y veo a la gente de mi ciudad. Puedo sentir que a pesar de todo, la gente sigue siendo cálida y bondadosa. De ello sobran ejemplos: veo automovilistas que ceden el paso a los peatones aunque no les toque, un joven le ayuda desinteresadamente a una anciana a llevar la bolsa del mandado, una chica comparte su pollo con un perro hambriento.

Súbitamente, los relámpagos hacen su aparición, ya no hace calor, pero aunque se asoman revueltas y voluminosas nubes, Helios sigue siendo visible mientras caen las primeras gotas de una llovizna. Hoy pagan los transas, digo divertido. Respiro profundo y sacudo las piernas, este ambiente me provoca correr hacia mi casa. Estoy en el norte, en la parte elevada de la ciudad, voy a descender.

Comienzo con calma, acelero al 40% de mi capacidad, pero antes de llegar al borde de una banqueta elevada, acelero a fondo y salto. El aire me acaricia mientras siento que caigo muy lentamente, siento que floto, como si la aceleración de la gravedad fuera menor a 9.81m/s . Mis pies tocan el suelo y salto de nuevo, pues la banqueta vuelve a presentar un descenso.

¡Como ansiaba saltar de ese modo! La pendiente se hace menos pronuciada y acelero hacia una roca de casi un metro de alto, salto sobre ella y descubro feliz que aún soy capaz de saltarla. Vuelvo sobre mis pasos y me dirijo hacia la roca de nuevo, más rápido esta vez. Salto y al pisar sobre la piedra, vuelvo a saltar. Por momentos me da miedo estrellarme con un poste de luz, pero logro esquivarlo y continúo mi carrera hacia mi casa.

Ya llevo más de dos cuadras y no me siento agitado, tal vez sea porque he estado viviendo a mayor altura sobre el nivel del mar. Sonrío y me dan ganas de cantar Run Like Hell, pero me guardo de hacerlo, pues sé que si hablo o canto me cansaré más pronto, eso es sentido común. ¿Pero por qué pienso en esto? ¡A correr! 

Me da gusto volver a correr así, en esta ciudad. Me encanta poder pisar las calles que me vieron crecer, que vean cuán fuerte me he vuelto. Corro tan rápido que se distorsiona el rostro de la gente cuando paso a un lado de ellos. De nuevo me encuentro con otra depresión en el relieve de las banquetas, esta vez no salto, me dejo caer solamente. Me sorprende de nuevo lo lento que parece que caigo. Es verdad que cuando corro tan rápido, a menudo se altera mi percepción y todo parece ocurrir muy lentamente, pero esto ya me sabe exagerado.

De igual manera, en las siguientes depresiones me dejo caer y solo en una salto. ¡No es posible! Salte o no parece que caigo a la misma velocidad. Como me haría bien tener un cronómetro ahora. Ya comienzo a sentir un poco de agitación. Llevo ocho cuadras, pero lo normal es que me sienta agotado a estas alturas. Y que mis rodillas me mienten la madre, pero es todo lo contrario, ¡me siento increíble!

La carrera sigue y entonces, en la otra acera veo a un policía persiguiendo a tres niños negritos y comienzo a cantar: Es hora de animaniacs, estamos locos de atar... luego sacudo la cabeza, algo no anda bien. Por la calle rolan autos de los sesentas y desde su interior emana una música que no puedo identificar en un principio, pero pronto me doy cuenta que es música country ¿Quién diablos escucha música country en mi pueblo? Acelero, intentando alejarme de ese distractor y entonces me doy cuenta que era Bed of roses interpretada por los hermanos Statler, sigo corriendo mientras oscurece a mi alrededor y la música se escucha como en fade out...
















¡PUTA MADRE! ¡ESTABA SOÑANDO!

Beatitud artificial? 3/?

El otro día mi blog recibió un boom de visitas, como nunca antes. Ni el post de los reptilianos, por más que me han vilipendiado, insultado y atacado de manera por demás atroz, ha tenido tantas visitas como la reseña que hice sobre los cómics del Listo. ¡Y EN UN DíA! Más bien, unas cuantas horas. Hasta aparecimos en menéame

Sirvió la reseña, además, para que el maestro Águeda le echara un lente a la parte anterior de este cuento. No sé si le gustó, pero me dejó un +1. Confiésoles que eso es un gran alivio, siendo que desde el 2010 los blogs cayeron en decadencia y el día de hoy es raro aquel blogger que postea seguido y aun más raro recibir comentarios, al menos aquí en este chiringuito. Así que con mayor motivación, subo esta tercera parte del cuento que aún no termino y que sigo sin decidir un título. Espero les guste y se queden picados :D


Tan pronto como iniciaron nuestros entrenamientos, comenzaron los problemas. La premisa básica para resistir al influjo de los aselianos es despojarse de creencias, ser capaz de silenciar la capacidad para creer en lo irracional, de otro modo se abre una brecha en la seguridad de la mente, por pequeña que sea la grieta, bastaría para ser embaucado por ellos, como sucedió con la hermana de Adi.

Durante nuestra primera crisis, parte del problema era mi falta de creencias religiosas. La mayoría de los Neohumanos son ateos o no pertenecen a ninguna asociación religiosa. Pero no Adi, ella pertenecía a una iglesia unitaria, recuerdo que se había convertido porque su poeta favorito, Ralph Waldo Emerson, practicó esa fe. Nos enfrascamos en más de una veintena de discusiones debido a esa diferencia entre nosotros: yo no me convertiría y ella no dejaría su fe. No es que yo se lo pidiera, simplemente proponía un punto de vista racional, pero ella lo veía como un ataque personal a su fe.

El conflicto volvió, la mención de la premisa básica de nuestro entrenamiento causó otra confrontación ideológica sin sentido que culminó abruptamente cuando ella se fue de la base con los ojos como tizones. La dejé partir, pues era evidente que el tema de abandonar sus creencias causaría problemas. Me fui un rato al gimnasio y me hallé a Black Bruce.

–¿Qué pasa, hombre? –dijo al verme entrar, levantándose del banco.
–Quiero hacer ejercicio. ¿Terminaste de usar el banco?
–Sí, ¿quieres que le cambie los discos? –su pregunta cargaba un tufillo a burla.
–No –respondí mientras comenzaba mi calentamiento.
–El peso te puede vencer, son 130 kilos, flacucho –Bruce siempre tuvo una complexión mayor que la mía, antes de mi auto exilio yo pesaba 85 kilos y él 93, al volver a la agencia había perdido 15 kilos.
–Hijo mío –le dije sonriendo al terminar mi calentamiento–. No sabes lo que dices –y levanté la barra con una sola mano, en una flexión y luego la elevé sobre mi cabeza.
You damned motherfucker! –exclamó antes de quedarse boquiabierto.
–Cuando termines tu rutina, te veo en el ring –gruñí al dejar la barra sobre el banco–. Verás que no estuve ganduleando en China –ambos sonreímos con malicia.

Ambos terminamos nuestra rutina de ejercicio y nos equipamos para nuestro encuentro en el ring. Tres rounds bastaron para demostrarle a Bruce que la potencia de mis golpes se había incrementado pese a la disminución de mi peso. No es de extrañarse, los Neohumanos, entre otras cosas, tenemos una configuración muscular diferente, un metabolismo más eficiente, mayores reflejos y longevidad, a la edad de 34 años, aun no alcanzaba el pico de mis capacidades físicas. Bruce sonrió satisfecho después del encuentro y me deseó suerte.

Más tarde encontré a Adi en una antigua iglesia luterana, la Christuskirche. Estaba sentada en una banca, esperaba encontrarla sacudiendo su pie izquierdo con nerviosismo, mas se hallaba muy serena. Pasé a un lado de ella y me dirigí a un púlpito. Había poca gente en la iglesia, principalmente turistas, no parecía haber ministros. Aclaré mi garganta y desde el púlpito canté el Gloria in excelsis Deo. Cuando terminé, Adi me miró y comenzó a sacudir su pie izquierdo. Comencé a cantar una antiquísima canción, Maria dolce Maria, compuesta por Francesca Paccini, Adi se levantó y salió de la iglesia mientras cantaba, cuando terminé los turistas me aplaudieron.
 
–¿Por qué me haces esto? –me dijo Adi cuando la alcancé a la puerta de la iglesia, sus ojos vibraban–. ¿Por qué tienes que burlarte de mi y de mis creencias?
–No era mi intención. La música sacra a veces me conmueve hasta las lágrimas, ¿recuerdas? A veces me gusta entrar a las iglesias a meditar y en ocasiones me provoca cantar. En realidad me quería lucir contigo.
–Tonto –me dijo tras besarme en la mejilla.
–Dime en qué creen los que asesinaron a nuestros padres, no de los Neohumanos, sino de los extraterrestres.
–Creen que son demonios.
–¿Y qué más?
–Que son extraterrestres transdimensionales, que son demonios. ¿Por qué me lo preguntas, Braulio?
–Mientras más sabemos, menos entendemos, Adi. ¿Te parece que es válido decir que son seres que se transmolecularizan y que son transdimensionales aunque todos hemos visto las naves?
–No. No tiene mucho sentido .
–Estás consciente que no perteneces a la misma especie a la que pertenecieron aquellos que escribieron la Biblia, ¿cierto? Aquellos que dijeron, en la edad del bronce, que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios.
–¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? –replicó deteniéndose, sus ojos parecían oscurecerse.
–Estás viendo las naves, Adi, e insistes que los extraterrestres vienen de otra dimensión –dije volviendo la vista hacia ella, luego puse mis manos sobre sus hombros–. Lo que te pido es que analices todas las creencias que tienes y que valores todas las posibles explicaciones, todo lo que podría comprobarlas y qué validez tienen. Quiero que pienses en todo lo que crees, pero también en todo lo que sabes y que veas la diferencia entre saber y creer, entre sospechar, dudar y tener una certeza de algo sin evidencia o argumento que lo soporte. Quiero que reflexiones por qué aunque la música y el arte sacro me generan sentimientos tan intensos, no tengo creencias religiosas. Quiero que pienses en tu hermana y sus creencias, en por qué tú no crees en lo mismo y por qué ella no cree lo mismo que tú.
–Los aselianos no son dioses, ni tienen un dios oculto en su planeta –miraba hacia la calle.
–¿Por qué dices que no? –sonreí, ella miró a otro lado –. ¿Por qué no lo crees?
–Porque no es verdad. Por la misma razón por la que no creo en Tamuz o en Xipe Totec –respondió sacudiendo su pie izquierdo.
–¿Y qué razones tenía la gente que creía en ellos para creer?
–Las mismas que yo –cesó de sacudir su pie y miró al piso– para creer en Yavhé –dijo tras una pausa y me miró con sus ojos que volvían a ser gélidos, como solía describirlos.
–Regresemos a la base, hay mucho que hacer.

Los siguientes días continuamos ensayando diversos métodos de meditación y técnicas de combate. Por las noches trabajamos en un dispositivo espía estándar de la Agencia, un insecto robot, para reducirlo de tamaño en lo posible y conferirle la capacidad de colectar muestras. De acuerdo con un informe de McGrath, esos cabrones de la Hermandad de las Almas Puras le daban un fármaco a sus fieles con el fin de de causarles diversos efectos en el sistema límbico, en especial sobre la amígala cerebral, de manera que los adeptos se volvían dóciles e incapaces de responder al peligro, se volvían incapaces de identificar las amenazas a la vida o a la libertad, probablemente debido a un efecto del fármaco sobre el Área Tegmental Ventral, de modo que siempre estaban felices.
 
Teníamos que conseguir muestras del fármaco y exponernos a él, con el fin de generar una vía para bloquear sus efectos, en casi dos semanas, las pruebas con el insecto robot nos dieron resultados más que excelentes. También supimos que la gente de La Hermandad de las Almas Puras estaba tomando muestras de la sangre de los Neohumanos, pero no sabíamos para qué las querían ni por qué a los Homo sapiens no les pedían muestras de sangre.
Además de buscar el modo de contrarrestar los efectos del fármaco, debíamos probar cómo comunicarnos con una persona bajo sus efectos, uno de los dos tenía que dejarse drogar y el otro debía intentar estimular una respuesta por medio de una forma de comunicación. Era necesario intentar un método de comunicación, que no fuera detectable ni comprensible para los escarabajos esclavistas, que además pudiera sacar poco a poco a los esclavos de la influencia del fármaco. Y tenía uno en mente.

Cuando aparecieron los primeros Neohumanos, se observó que los recién nacidos tenían diversas expresiones faciales que los humanos no tenían, se trataba de microexpresiones generadas por rápidas y repetidas contracciones de los músculos faciales. Conforme los sujetos en observación crecían y socializaban entre ellos, notaron que los niños tenían conductas organizadas, a pesar de que no podían hablar, esta interacción estaba fundamentada en las múltiples expresiones faciales que estos niños tenían y que podían entender claramente, de modo que los Neohumanos tenían un complejo lenguaje al parecer, completamente instintivo.

Otros experimentos confirmaron la última premisa. Varios grupos de niños Neohumanos de diferentes edades y nacionalidades interactuaban entre ellos y de nueva cuenta las actividades y comportamientos organizados se observaron entre todos los niños, sin excepción, sin importar la nacionalidad, qué tan lejos habían nacido unos de otros, todos los niños tenían un complejo lenguaje no verbal que era comprendido universalmente entre ellos.

Dicho lenguaje no verbal, estaba compuesto, además de las rápidas y repetidas contracciones de los músculos faciales, por cambios en la forma del iris y de la pupila, en particular, la aparición de líneas rojas en el iris, así como vibraciones del globo ocular. Más adelante, tras aprender a hablar, los niños Neohumanos dejaban de utilizar el lenguaje no verbal propio de ellos, adoptando un lenguaje no verbal regional o propio de las sociedades en las que eran educados. Pocos eran los adultos que aún utilizaban las expresiones faciales particulares de su especie y no se sabía a ciencia cierta si en la vida adulta, el lenguaje seguía siendo universalmente comprendido entre los Neohumanos.

Lo cierto es que, para evitar ser detectados como Neohumanos, millones de ellos hacían lo imposible por ocultar sus expresiones especiales, de modo que los grupos de fanáticos como Sephirot o la Unión del Pueblo de Dios contra las Aberraciones de Satán (UPDAS), los identificaran y así conservaron sus vidas. Adi, luego de su experiencia traumática, además de haber perdido gran parte de su memoria, había perdido la capacidad para controlar sus microexpresiones, particularmente las que involucraban a los ojos. Mientras discutíamos como entrenarnos para comunicarnos con los esclavos de los aselianos, ella miraba hacia otro lado.

–¡Mírame! –en una de tantas la tomé del mentón, obligándola a verme a los ojos, los suyos vibraban y aparecieron cuatro líneas en la parte superior de sus iris, señal de que estaba furiosa–. Eso que tratas desesperadamente de ocultar, vas a aprender a controlarlo, ¿me oyes? –ella movió mi mano para librarse de ella.
–No sabes lo que me estás pidiendo –me dijo mientras aparecían varias contracciones en su labio inferior y su iris adoptó forma de media luna, era algo muy doloroso para ella.
–Claro que sí. Sé que ocultarte de ese modo te sirvió para salvar tu vida, Adi. Pero en este caso tienes que aceptarte a ti misma como Neohumana con todo lo que eso implica, pues de eso depende la vida de tu hermana.
–No pensé que fueras a hacerme daño de este modo.
–Adi, tú le pediste a Cranston que me involucraran en esto. Conociendo a Cranston, él no daría luz verde a esto solo por ti o por mi. Necesitaba saber algo, un detalle en especial, que le hiciera confiar en que yo era el indicado para esta misión y ese detalle es mi capacidad para sobreponerme al lavado de cerebro, lo cual, además de mi, únicamente tú lo conocías, necesariamente Cranston se enteró porque tú se lo dijiste. Así que no me hables de daños, Adi. Traicionaste mi confianza.
–Tenía que hacerlo, Braulio. Mi hermana... –sus ojos vibraban y su iris se hizo más ancho.
–No lo digas –dije y sus ojos se clavaron en los míos–. No te quejes si sabías que yo puedo hacer esto. Vamos a hacerlo.

lunes, 7 de octubre de 2013

¿Beatitud artificial? Parte 2/?

Les traigo otra parte de la historia, que les confieso, aun no termino, ni he pensado en un título definitivo. Aun así, espero les guste. Saludos.

 
Adler es una Neohumana, como yo. La Agencia la reclutó como parte de un programa especial de entrenamiento para futuros cazatalentos, pero terminó como agente de campo, a pesar de que no se contaba con un perfil completo de ella, la habían encontrado en un hospital en el que se había recuperado de un severo accidente y no recordaba quién era, de dónde venía ni a su familia. Solo pudo decir que su apellido era Adler. Era toda una rareza, pues los Neohumanos no olvidamos.
Como muchos Neohumanos, los padres de Adler fueron asesinados por un grupo de fanáticos religiosos que creen que somos una abominación. Somos simplemente otra especie del género Homo o una subespecie del Homo sapiens, pero a pesar de todos los avances científicos y culturales de nuestra época, aun hay imbéciles que niegan la Teoría de la Evolución como verdad científica.
En el 2938 hubo un incidente que puso en riesgo no solo la estabilidad de las relaciones de La Tierra con la Confederación de los Diez, sino la existencia de la vida en el planeta. Una de las naves Embajadoras se estacionó en Israel y tres operaciones de bandera falsa que salieron mal tuvieron como consecuencia la destrucción de un reactor de la nave Embajadora que causó la liberación de radiaciones sigma y omicrón, desconocidas hasta entonces en La Tierra. La explosión abrió un cráter de 250 kilómetros de diámetro y 580 de profundidad, aunque se realizaron diversos esfuerzos por contener la radiación y remediar el suelo y el agua, muchos creen que la explosión alcanzó la ionósfera, pues se observó una suerte de aurora durante cerca de un año, de manera que las radiaciones se quedaron permanente en La Tierra y gradualmente permearon en la atmósfera.
A partir de ese evento, durante los siguientes doscientos años, se observaron cambios en todos los seres vivos de nuestro planeta, poco a poco comenzaron a aparecer nuevas especies de hongos y bacterias primero; y pocos años después, de plantas y animales. Por último, comenzaron a aparecer humanos con diferencias que se hacían más patentes en cada generación hasta que finalmente, trescientos cincuenta años después de aquella explosión, aparecimos los Neohumanos. Muchos creen que somos resultado directo de las radiaciones sigma y omicrón, que por lo tanto no deberíamos de existir, que no somos producto del curso de la evolución y los más pringados creen que fuimos creados por ingenieros genetistas extraterrestres y que somos un instrumento de ellos para establecer su dominio sobre la humanidad. Esa clase de fanáticos de mierda fueron los que asesinaron a los padres de Adler y a los míos.
Yo entrené a Adler y nuestra primera misión juntos fue frustrar un atentado contra una comunidad de Neohumanos que sería perpetrado por una célula de una organización conocida como Sephirot. En los cuarteles comenzamos a llamarla Adi, pero a ella no le gustaba porque decía que así le decían de cariño a Adolf Hitler.
–Solo tú me puedes decir Adi –me dijo un día y me plantó un beso.
Mientras caminábamos, íbamos en silencio, otro rasgo característico de Adi y recordé la primera vez que salimos juntos. Estábamos en Barein, en Dar Kulaib, y al salir de un cine nos salieron al paso cinco asaltantes armados, a todas luces yonkis, Adler se aprestó para atacarlos, pero yo fingí un infarto y los asaltantes se acojonaron y huyeron. Adler comenzó a gritar pidiendo ayuda, pero cuando me levanté ríendome como un poseso, ella se cabreó y comenzó a golpearme.
–En la puta vida vuelvo a salir contigo –me dijo y se alejó. Me pasé toda la noche buscándola por la ciudad. Al recordarlo comencé a reír.
–¿De qué te ríes? –inquirió en voz baja.
–¿Te acuerdas de la primera vez que salimos? –respondí sonriendo.
–Tonto del culo –respondió inexpresiva.
Adler y yo estuvimos juntos casi tres años, durante el primero de ellos tuvimos una crisis por mi personalidad, a su parecer, compleja y agria. La siguiente ocurrió cuando creímos que Adler era de otra especie, ella era Homo parasapiens y yo Homo neosapiens, cuando se enteró lloró amargamente por días porque no podríamos tener hijos de forma natural. Por más que le quise hacer entender que podríamos hacer uso de la fertilización in vitro, ella estaba empecinada en que eso no era natural y que tener un niño probeta le haría recordar día tras día el estigma de ser un producto de la perversidad alienígena. Cuando ocurrió el asunto de los Illuminati, aquello terminó por separarnos y precipitó mi auto exilio.
Durante el tiempo que estuve en la China fantasma supimos que no éramos de diferente especie, se detectaron innumerables errores e inconsistencias en las investigaciones y los Neohumanos dejamos de ser clasificados en diferentes categorías. Durante ese tiempo, La Agencia averiguó quienes eran los padres de Adler, así como su nombre real, también hallaron a su hermana. Adler me explicó que su hermana ingresó a la Hermandad de las Almas Puras, la organización fachada de esos malditos escarabajos esclavistas, y evidentemente cayó presa de esos cabrones. Adler es la causa por la que me sacaron de mi exilio, McGrath y otros regentes regionales como Hirsi, Roettgen y Del Nero comenzaron a organizar la operación para rescatar a los esclavos y seleccionaron a varios Neohumanos para llevarla a cabo, pero fue Adler quien le pidió a Ernest Cranston que me buscaran para darme la misión. De modo que si no aceptaba hacerlo por La Agencia o por los Neohumanos, ella me lo pedía como un favor personal, para rescatar a su hermana.
–Por cierto, no me llamo Adler –me dijo sonriendo–. Mi nombre es Ada Velia Alessandri la Rosa.
–¿Cómo averiguaron tu identidad?
–No fue fácil. Cuando atacaron mi casa y huí no me enteré, sino hasta hace un año, que mi madre no murió de inmediato. En el hospital a donde fue trasladada le tomaron muestras de ADN para identificación posterior. Mi hermana solicitó mi búsqueda, entre los datos de niños perdidos hace 17 años y aquellos que no fueron encontrados, los casos de Neohumanos asesinados en ese tiempo me encontré con el caso de una Neohumana que llegó prácticamente a morir al hospital, Anna Paola la Rosa. Busqué y encontré que Rossana Alessandri la Rosa buscaba a su hermana, ella también había escapado cuando asesinaron a sus padres. Contacté con ella y me reconoció de inmediato, pero yo no la recordaba. Solicitamos al hospital que recibió a mi madre que nos diera su muestra de ADN, pero ya no era viable, así que comparamos nuestro ADN mitocondrial y es el mismo.
–Ya veo. ¿Has recuperado tus recuerdos perdidos, de tu vida antes de la muerte de tus padres?
–No, no del todo. Pero mi hermana conservaba un viejo diario de mi madre y eso me ha ayudado a comprender de dónde vengo.
–¿Sabes por qué te llamaron Ada Velia? ¿Crees que quizá tenías alguna reminiscencia escondida en tu memoria y por eso dijiste que te llamabas Adler?
–Podría ser, pero eso ya no importa. No soy Adler, ¿recuerdas? –dijo sonriendo–. De acuerdo al diario de mi madre, me dio ese nombre porque cuando era niña la llevaron a Roma y en un paseo por el Cimitero Verano vio la tumba de una mujer llamada Ada Velia la Rosa vuida de Alessandri, su lápida era preciosa, tenía un ángel recostado boca abajo. Mi madre se impresionó y pensó que la mujer enterrada allí debió ser una gran señora y obviamente, la coincidencia del apellido la Rosa con el suyo la marcó. Años después, cuando conoció a mi padre, Roberto Alessandri, se casaron y me concibieron, decidieron llamarme como la mujer bajo aquella lápida –nos miramos largo rato, inexpresivos. Al cabo de varios minutos dije:
–¿Todavía puedo llamarte Adi? –comenzó a llorar. La abracé y ella se dejó atrapar entre mis brazos y derramó todas sus lágrimas sobre mi pecho. En silencio, dejamos las calles y nos dirigimos a un café que estaba abierto a las 3:00 AM.
Adler, Adi, ahora Ada Velia Alessandri se sentó frente a mi con sus ojos congestionados y húmedos y miró hacia la ventana sin decir nada durante casi media hora. Ni siquiera volvió la vista para responder al mozo y pedir algo, pedí un café turco con agua de rosas y cardamomo para cada uno.
No tocó el café en más de una hora y no dijo ni media palabra, mientras tanto el mozo nos atendía nervioso, comí a cuerpo de rey y cambié el café por más Windhoek lager. Me bebí el café que ella había dejado casi de un sorbo, sus ojos habían vuelto a la normalidad.
–Hace cinco años que te separaste de mi y hoy me preguntas si aun puedes llamarme Adi. ¿Sabes cuánto tiempo esperé para que volvieras a llamarme de ese modo? ¿Tienes idea de cuántas veces me imaginé que volvería a verte y me llamarías Adler con aspereza? No me olvidaste, Braulio.
–Los Neohumanos no olvidamos –respondí sonriendo, ella soltó un leve bufido y miró de nuevo a la ventana–. ¿Cómo podría, Adi? Es imposible.
–Braulio, ¿comprendes que recuperé mi vida, al menos parte de ella?
–Y te la arrebataron, sí, Adi, lo entiendo. No necesitas decirme más, voy a rescatar a tu hermana.
–Vamos. Yo iré contigo.
–En el 3312 me dijiste que tenías miedo de hallarte a otro grupo de fanáticos, temías que te hubiesen identificado y que enviaran a un francotirador o algo así. ¿Qué te dije? –se levantó y se puso detrás de mi, me abrazó e imitó mi voz.
–Tú y yo acabamos con esos mendas, Adi, no van a volver. Acabé con ellos junto a ti y lo volvería a hacer.
–Vamos a la base. Mañana hablaré con McGrath para decirle que acepto la misión –tras un largo beso, pagamos la cuenta y nos fuimos a la base.

domingo, 22 de septiembre de 2013

¿Beatitud artificial? Parte 1/?

¿Qué hacen por este lado del barrio a estas horas? Jajaja! Ya me había ausentado un buen rato, no? El título de la entrada es una interrogación porque realmente no me acaba de convencer ese título y sinceramente estoy muy cansado para inventarme otro título.

¿De qué va esto? Se preguntaran, pues como ocurre (o más bien, ocurría) con relativa frecuencia, estoy presentándoles una nueva historia: mi segunda narración de Ciencia Ficción.
Y sí, es la segunda, la primera se llamó Cosmoepidemia. La novela que estoy escribiendo, a pesar de la fuerte discusión que tuve con un amigo, NO es de ciencia ficción, es de fantasía y aventuras. 

Desde que escribí Cosmoepidemia empecé a tejer la historia que les presento hoy, aunque no fue hasta hace un par de meses que empezó a fluir. Está insipirada en las Religiones Ovni y en tragedias como lo ocurrido con Heavens Gate y el caso de Jim Jones. En fin, supongo que no están aquí para que les cuente como la escribí y como se me ocurrió todo, ¿cierto? Así, que ahí le va:

¿Beatitud artificial?

La vista desde la montaña era espléndida: el sol caía y bañaba con una luz naranja el valle que había recorrido por la mañana. Me detuve en la entrada de una cueva y contemplé el paisaje unos minutos más, antes de meterme a la cueva para meditar.No pasaron ni veinte minutos cuando escuché el sordo rumor de una nave acercándose. El sonido era inconfundible pese a la distancia, no podía ser otra que una XC- 34F7W, exactamente la vieja cafetera de Black Bruce.

 No pude evitar sonreír al escuchar los helirotores de la nave de mi amigo, hacía cinco años que no lo veían pues me exilié en la China fantasma. Ocurrió que La Agencia organizó una serie de operaciones encubiertas en contra de los Illuminati. Yo, al igual que mi abuelo, y su abuelo antes que él, era escéptico acerca de ese tema. Mi abuelo, y su abuelo antes que él, miles de veces dijeron que no existía tal organización, pero La Agencia halló evidencia fidedigna de su existencia y los derrumbaron desde adentro, así que no me quedó más remedio que tragarme mis palabras y largarme. Al menos el abuelo de mi abuelo tenía razón: en sus tiempos no existían.

Ocurrió que en 2835 hicimos contacto con inteligencias extraterrestres. Como muchos lo vaticinaron, esto obligó a un cambio en las creencias de la mayoría de los seres humanos. El año que hicimos contacto, vinieron diez civilizaciones y establecieron relaciones con los gobiernos de La Tierra y establecieron colonias aquí, se les llamó La Confederación de los Diez. Años más tarde más civilizaciones extraterrestres llegaron a nuestro planeta y algunas de ellas ofrecieron llevar sin costo alguno a una gran cantidad de gente a otros planetas habitables: la salvación que tantos esperaban durante siglos. De manera tal que la mayoría de los chinos decidieron abandonar su país y su planeta con una de estas civilizaciones, dejando China como un enorme pueblo fantasma.

Allí me la pasé durante cinco largos años, perdido, vagabundeando, entrenando en la China fantasma. No sé como lo hicieron, pero La Agencia dio conmigo en aquella remota montaña y Black Bruce hizo su aparición, asomándose por un costado de su vieja nave.

–Eh, por fin te dejas ver, hombre –dijo con un español al que le hacía falta práctica.
–¿Acabaron con todos los Illuminati o se les filtaron algunos? –pregunté maliciosamente mientras Bruce saltaba hacia la cueva.
–¡Cabronazo! Levanta –dijo sosteniéndome la mano, levantándome y abrazándome–. Ah, ¿aún cargas ese viejo libro?
–Sí –se refería a uno de los libros del abuelo de mi abuelo. Ya no se veía bien el título: "Retorno a M"–. Sabes que siempre lo cargo porque mi abuelo decía que soy la viva imagen de su abuelo –abrí la tapa del libro y le mostré la foto a Bruce–. Mira, somos iguales, excepto que mi ancestro tenía los ojos cafés y los míos son gris acero.
–Te has puesto flaco –dijo empujándome levemente.
–Y tú has ganado algo de color –Black Bruce es un sobrenombre que hace doble ironía de su nombre: Bruce quiere decir moreno y mi amigo es albino, de padres negros.
Man, fuck you! –replicó empujándome mientras yo reía.

Subimos en su vieja XC- 34F7W y nos dirigimos a una base aeronaval en Viet- Nam. Luego fuimos por tierra a Hanoi a buscar un bar. Hacía casi 3 años que no probaba una gota de alcohol, pero por ver de nuevo a Black Bruce valía la pena, además, tenía noticias para mí, probablemente no eran buenas, así que un buen trago ayudaría a bajarlas.

Al parecer, pese a mi desaire a La Agencia, cinco años atrás, esta me necesitaba para una nueva misión. Lawrence McGrath me esperaba en Namibia y eso fue todo lo que Bruce me dijo. Aunque le pregunté de qué se trataba, prefirió cambiar de tema, supuse que era algo delicado. ¿Para qué enviar a un agente tan valioso como Black Bruce únicamente para buscarme? ¿Sólo porque es mi amigo? Y además ¿enviado por McGrath? ¡No pueden verse ni en pintura!

Llegamos muy tarde a Windhoek y pernoctamos en la base local de La Agencia. Al día siguiente desayunamos completamente en silencio. Bruce estaba actuando extraño, parecía querer decirme algo, pero por alguna razón lo retenía. Quizá era algo que no debía decirme. ¿Por qué el secretismo? Esa no es costumbre del maldito calvo. Cuando llegué a la oficina de McGrath me hicieron esperar cerca de una hora. ¡Qué cojones! Pensé, este tío me manda a buscar al culo del mundo sin que me diga nadie de qué va esto y encima me hace esperar. Entré a la oficina algo cabreado y se notó.

–Pasa, pasa, Heredia –dijo levantándose apresuradamente de su asiento, intentando parecer afanoso al recibirme. Maldito falso. Miré la oficina: todo en orden, pulcra y austera, ténuemente iluminada. Oscura como su culo, pensé–. Gracias por venir –dijo tendiéndome la mano, no la acepté.
–¿De qué se trata, McGrath? –le espeté con aspereza mientras se quedaba mirando su mano como idiota–. ¿Qué es esta vez?
–Es un asunto delicado –dijo dirigiéndose a su asiento–. Toma asien... –ya me había sentado–. ¡Mierda, Heredia! ¿Quieres olvidar de una puta vez lo que dije hace cinco años? Esto me gusta menos de lo que te gusta a ti.
–¡No me digas!
–¡Carajo, Heredia! ¡Para de una vez!
–Venga, ve al grano.
–Como sabes, hace tiempo que las diversas razas extraterrestres con las que hicimos contacto se han estado llevando personas y animales del planeta por varios motivos, entre ellos, religiosos.

En efecto, después del contacto, a pesar de que los Premier extraterrestres negaron su divinidad e insitieron en que jamás habían pisado nuestro planeta en la antigüedad, las religiones ovni o alien proliferaron. Pasaron décadas antes de que fuera posible desarrollar la tecnología necesaria para el transporte en masa a otros planetas, que además tuviera la capacidad para volver a La Tierra. Mientras tanto, más civilizaciones ajenas a la Confederación de los Diez llegaron a nuestro planeta y entablaron relaciones con nosotros, fueron dos de estas civilizaciones las que se dejaron adorar y, aunque las diversas civilizaciones negaban constantemente su divinidad y rechazaban la adoración, abundaron las organizaciones que les rendían culto.

–Tenemos información que una... iglesia –dijo haciendo la seña de comillas con las manos– está engañando a sus feligreses haciéndolos viajar a un planeta en Asellus Borealis, en donde terminan esclavizados.
–¿Qué tengo qué hacer?
–Rescatarlos.
–No jodas, McGrath. ¿Yo solo? ¡Me estás mandando a una misión suicida!
–¿Quieres callarte un segundo? –replicó irritado–. ¡Estoy tentado a mandarte a la mierda, pero no tengo otra jodida opción! Eres un agente perdido, estuviste fuera del campo cinco años, ¿sabes lo que son cinco años para un agente? ¡Cualquier novato te supera con lo que has dejado de aprender! Eres el peor elemento para esta misión y estoy muy seguro que si te envío solo lograrás que te maten –vociferó lanzando grandes gotas de saliva.
–Lo mismo decías cuando empecé, McGrath –respondí tranquilamente, quitándome un salivazo de la mejilla. Lo mismo dijiste cuando me fui y aquí me tienes. ¿De qué va esta mierda? ¿Por qué ningún gobierno se ha pronunciado? ¿Por qué no interviene el Consejo de los Diez?
–Sabes muy bien que el Consejo de los Diez no interviene en asuntos que no tengan relación con sus planetas.
–¡Y una mierda! Los heroclianos volaron medio K65T7 a pedido del Reino Unido el año pasado.
–¿Cómo te has enterado? –inquirió sorprendido.
–Me fui a la mierda, pero no me subí a ninguna columna como un San Simón. Aun conservo contactos. No tengo muy claros los detalles de la situación, pero si no me equivoco, una misión de rescate de esa naturaleza implica una intervención militar de mediana escala cuando menos. Esos escarabajos aselianos no son cualquier cosa –McGrath me miró boquiabierto, recuperó la compostura y continuó.
–Los hechos han sido denunciados, pero los diferentes gobiernos se han abstenido de intervenir. Es ahí donde entramos nosotros.
–¿Por qué yo?
–Porque eres un Neohumano. Por increíble que parezca, los aselianos han reclutado una cantidad impresionante de Neohumanos en su iglesia. Sabemos que los han sometido a programas de control mental...
¿MK- ultra? ¡Pavadas!
–Sé que no crees en la eficiencia de esos programas, ni en su existencia siquiera. Pero es ahí donde encajas, porque tú eres resistente, si no es que inmune a eso.
–¿De dónde coño has sacado eso, McGrath? Por todos es sabido que esos programas incluyen maltrato psicológico y abuso sexual. Estás pendejo si crees que voy a someterme a eso.
–En este caso es diferente, Braulio.
–Vale, ya. Te lo concedo, ni voy a preguntar como se han enterado, joder. ¿Pero qué esperan que logre?
–Que organices una revuelta. Eres un Neohumano, líder nato, persuasivo. Tienes que hacerlo, hombre, por tu raza.
–Mi raza... mi raza me importa una mierda y la tuya también. Revisa tu puto archivo y verás que mi perfil también pone: “Tendencias nihilistas”. En negritas y subrayado.
–Eres un mierda, Braulio. Si no fuera porque Cranston insistió en que fueras tú, te sacaría a patadas...
–No creo que puedas, McGrath. Ni hace falta que lo intentes, tú y Cranston pueden irse a tomar por culo.
–Espera –una puerta se abrió y una mujer, cuyo rostro estaba a medias cubierto por una palestina entró a la oficina de McGrath.
–¿Adi? –me quedé sorprendido al reconocer a la chica que se despojaba lentamente de la palestina–. ¡Hijo de mil putas! Usaste un truco sucio con ese rollo de los Neohumanos, ¿y ahora intentas manipularme usando a Adler? ¡Vete a la mierda, McGrath, me cago en todos tus putos muertos!

Salí de ahí dando un portazo y me dirigí al centro de la ciudad. Me interné en un mercado trazando una ruta errática y comí en un puesto, me pedí una braii y dos Windhoek lager. Mientras bebía lentamente mi yarda, me quedé pensando maravillado por como el platillo tradicional que estaba comiendo, así como la cerveza, habían prevalecido por siglos.
Caminé y di vueltas sin sentido por toda la ciudad y me dirigí hacia las afueras, hacia la autopista. Por un momento me detuve, pues no me despedí de Black Bruce. Volví la vista hacia la ciudad pensando que él sabría como encontrarme después, cuando me di la media vuelta para proseguir mi camino, frente a mi estaba Adler, detrás de ella había un atardecer como para conmover al mismísmo diablo.

Clavó su mirada en mi, sus ojos grises, siempre llenos de confusión y tristeza se clavaron en los míos, sacudiendo mis cimientos. Algo nuevo había en sus ojos, algo que parecía ser certeza. No duró mucho mirándome, luego miró hacia otro lado, como si se aburriera, un gesto clásico de ella.
–Dejas muchas pistas de tus pasos por donde sea –dijo y me abrazó largo rato, colocando su cabeza en mi pecho.

jueves, 8 de agosto de 2013

Historias del folklore de mi pueblo: una de La Cocha Enfrenada.

Antes de entrar en materia, mis queridos lectores, deben saber que en mi tierra, en Tapachula, se tiene la creencia en un ser mítico conocido como La Cocha Enfrenada. En términos generales, se trata de una variante del nahualismo: brujos que se transforman en animales, en este caso se trata de una cerda (en Chiapas se le dice "coches" a los cerdos). Se le dice Cocha Enfrenada porque se distingue al monstruo de un cerdo normal porque a diferencia de estos últimos, La Cocha Enfrenada mira siempre hacia arriba  (cosa que los cerdos no pueden hacer, a menos que estén sentados como perros, cosa que rara vez hacen), como si llevase un freno o una rienda, misma que, de acuerdo a la tradición, es tirada por el mismísimo diablo, Lord of Terror.

Se supone que las historias de La Cocha Enfrenada se conocen por todo el estado de Chiapas, pero lo cierto es que se conoce más por la región del Soconusco, dicen los huixtlecos y los huehuetecos que la cocha enfrenada es original de ellos, pero todos sabemos muy bien que son mampos y todo se lo copiaron a los de Tapachula.

Va Mi historia, no verídica por supuesto.


Ya hacía una buena cantidad de meses que no pisaba mi tierra natal, así que desde el primer día de mis ansiadas vacaciones me dediqué a vagar por mi adorada ciudad. Como no deja de ser un pueblo pequeño, no faltó encontrarme a alguno que otro conocido, pero me dio más gusto encontrarme a Arcelia, antigua estudiante mía, de cuando trabajaba en bachillerato.

Aunque fugaz, el momento fue grato y quedamos de vernos por la tarde, en un café. Así pues, por la tarde conversamos cerca de tres horas y al cabo de las 8 de la noche ella partió a su casa, negándose a que le diera un aventón, pese a que insistí. Me quedé un poco extrañado ante la insistencia de Arcelia de irse a casa sola y rumié un rato más esa extraña sensación, acompañándola con más café. Luego decidí seguir rumiando mientras paseaba en el auto.

En el camino, sentí un leve olor a cerdo, me revisé las axilas y no era yo. Bajé los vidrios, pero el olor persistía, haciéndose cada vez más intenso. Me detuve cerca del poder judicial, bajo una farola para revisarme los zapatos, pero en cuanto me bajé del auto, la farola se apagó, así que tuve que revisarme con la luz de los faros del auto. Nada, las suelas de mis zapatos estaban tan limpias como una pila bautismal.

Al día siguiente, el auto seguía oliendo a cerdo, así que lo llevé a lavar. Mientras, volví a dar una vuelta a pie. De nuevo me encontré a Arcelia y volvimos a quedar por la tarde. Recogí mi auto y me sentí muy enojado al notar que el olor a cerdo, no solo se no se había eliminado, sino que se intensificó. No me quise llevar el auto a mi encuentro con Arcelia y llegué un poco tarde.

Durante la plática, ella se mostraba ligeramente ausente por momentos. De pronto noté que movía ansiosamente los pies y mientras la tarde avanzaba, su ansiedad crecía y comenzó a mirar de un lado a otro.

- ¿Estás bien?- pregunté con muchas reservas.
- Sí, no te preocupes.- respondió nerviosa.
- ¿Esperas a alguien?
- No, para nada. ¿Cómo crees?- respondió ella, volviendo momentáneamente a la normalidad.

De nuevo, ella insistió en volver sola a su casa. Tiempo atrás ella me contó acerca de un novio acosador y temí que el tipo volviera a molestarla. Mientras caminaba deshice esa idea, de ser así, ella no se habría arriesgado a ser vista en público conmigo. Comencé a jugar con una moneda mientras me dirigía a casa, tratando de disipar mi preocupación por la inusitada ansiedad en mi amiga.

Cuando volví a poner atención al camino, me encontraba por las canchas de futbol de Bancrisa. No me había dado cuenta del enorme agujero que habían abierto en el medio de uno de ellos, me llené de indignación y grité:

- Pónganse en fila para patearles el culo.

Con la poca luz que llegaba desde las farolas de la calle, comencé a examinar el agujero, intentando comprender cuál es el propósito de excavar media cancha de fucho. Mientras lo hacía, volví a sentir el olor a cerdo del día anterior. Cuando me di la vuelta me encontré con un cerdo enorme detrás de mi, sus ojos brillaban como antorchas. Emitió su característico ronquido y se abalanzó sobre mi. Salté instintivamente y en cuanto caí al piso comencé a correr. No quería volver la vista atrás, pero no lo pude evitar, la bestia seguía detrás de mi.

No tardó el cochino animal en darme alcance, como pude, aceleré y pude ponerme a distancia de su hocico, pero no por mucho tiempo, entendí entonces que no podría quitármelo de encima corriendo, sino enfrentándolo. Me detuve jadeante y esperé a que el cerdo volviera a lanzarse contra mi, me hice a un lado y le asesté una fuerte patada en la región poplítea, entiéndase, la parte posterior de la rodilla. El cerdo chilló y se alejó, engullido por la oscuridad de la que había salido.

Llegué a casa muy agitado. Pensando en mi agitación recordé el nerviosismo de mi amiga de horas antes. La llamé a su móvil, pero no me respondió. Quería saber si había llegado bien a su casa, pero no respondió a los siguientes intentos. Me quedé despierto hasta tarde, inquieto. Luego me quedé pensando, que no tenía de qué preocuparme, ella con frecuencia deja de responder y más preocupante debía ser que ella llegara a tiempo a las reuniones, o que asistiera a las mismas.

En serio, nunca antes había asistido a reuniones conmigo. Pensando en ello, algo me distrajo, de nuevo el olor a cerdo. Un sordo ronquido se escuchó al fondo de la casa. Me levanté del sillón y me dirigí hacia donde se originaba el ruido, pero no había nada.

Me costó mucho trabajo dormir esa noche y desperté cansado, aun así me fui a dar una vuelta. Cual sería mi sorpresa de volver a encontrarme a Arcelia. No pude dejar de notar que estaba cojeando.

- Oye, ¿por qué cojeas?
- Ay, no sé. Yo creo que me caí de la cama o algo así.- respondió ella.
- ¿Cómo que crees que te caíste? Esas cosas las notas. A fuerza te despiertas.
- Ay, no sé... mejor hablemos de otra cosa.-

Al responderme con tal irritación, preferí hacer caso de su proposición y me despedí de ella, sin invitarla a vernos, pues ese día me encontraría con mis amigos para jugar cartas. La sesión fue larga y agotadora, pero igualmente placentera. Al volver a casa noté que no había luz y sentí un terrible olor a azufre, corrí a buscar la lámpara de gas y al encederla vi la sombra de un cerdo y tras ella, la sombra de una figura humanoide.
Miré por todos los rincones de la casa y no había nada fuera de su lugar, el olor a azufre se desvaneció y me dirigí a la cama. Me quedé dormido rápidamente y de pronto sentí una fuerte presión sobre el pecho, sentía como si me colocaran dos hierros candentes. Apreté los dientes, soportando el dolor y abrí los ojos mientras intentaba incorporarme y manotear para quitarme de encima ese terrible peso sobre el pecho. Lo que vi me llenó de horror: era el mismo cerdo de la otra noche, el de los ojos como tizones incandescentes. Le solté varios puñetazos y solo le di al aire, ¡pero el animal seguía ahí, frente a mi cara!

Tan repentinamente como apareció se devaneció. Durante el resto de la noche no pude dormir y el hedor de la bestia persistió en mi casa. Salí muy temprano, casi al amanecer. Fui por el mercado Sebastian Escobar a ver si todavía estaban los baños públicos, afortunadamente los hallé y tomé un largo baño. No quise bañarme en casa con esa pestilencia que no pude amortiguar de ningún modo.



miércoles, 19 de junio de 2013

Correr por el Túnel de la Ciencia.

En el increíble blog Tecnoculto, del gran Andrés Borbón, Médico, Psiquiatra, Blogstar y a quien tengo la grata fortuna de contar entre mis amigos, podrán encontrar una serie de posts en los que Andrés habla acerca de correr, de trotar por las mañanas. Intentando seguir esa tradición ya he escrito Correr al llamado de la noche, que recibió un inmerecido elogio por parte de Andrés.

En su blog, en los posts sobre correr, Andrés habla de satisfacción, de autodesafío y de libertad. En este caso, debo advertiles, les hablo de ira contenida, de una desesperada lucha contra el tiempo, una absurda peripecia.

Allá vamos.

Me encuentro varado en la estación de Etiopía, durante todo el camino desde Looniversidad (Universidad) voy tranquilamente leyendo Ubik, de Philip K. Dick, a sabiendas que era viernes a las seis de la tarde, siempre se llena, siempre se atora, me armo de paciencia cuando viajo en esas condiciones. Necesito llegar a la Terminal del Kung Fu del Puño de la Estrella del Norte (Terminal del Norte). El tren deja de moverse, yo sigo leyendo en calma, mientras una pareja se come a besos a centímetros de mi. ¿Qué pasa? Puedo entender que el tren se quede parado cinco u ocho minutos, pero ¿veinticinco? ¿Media hora?

A cada parada no puedo evitar gruñir. Centro Méndigo (Centro Médico), Clínica coronel (Hospital General), Niños güeyes (Niños héroes), Nalgueras (Balderas), Maximiliano (Juárez), Calleja (Hidalgo), Iturbide (Guerrero), otro atorón en Tráete al Loco (Tlatelolco) y al llegar a la Banda (La Raza) salgo disparado antes de que la puerta se abra por completo.

Es liberardor impulsarme hacia delante con el pie derecho, los brazos extendidos hacia atrás y la rodilla izquierda por delante y la mandíbula apretada como si tuviera trisma. Este nuevo pantalón no me deja dar grandes zancadas, no debería estar corriendo, no sin calentar, no con estos quince kilos de más. No puedo pisar con fuerza si no quiero lesionarme las rodillas, pero tengo que llegar YA a la terminal. Balanceo mi peso entre los pies, la mayoría de mis pasos los doy con las puntas. Afortunadamente, mi hermano me regaló estos buenos tenis que tienen una excelente amortiguación. 

Hay mucha gente, la mayoría camina rápido pero otros son más lentos que un tortuga reumática, lo peor es que ni siquiera van lento por observar todo lo que el Túnel de la Ciencia muestra. ¿Cuántos veces he pasado por ahí? Nunca me detengo a ver nada, siempre voy caminando a buena velocidad, pero aun así logro disfrutar casi todo. Pero hoy voy corriendo, frenando, saltando. Esquivo a la gente, cada pequeño espacio que encuentro lo aprovecho y me deslizo entre la gente.

Pero no falta que vayan dos o tres personas como soldados Tebanos, todo el espacio ocupado y me dan ganas de saltar la valla para seguir corriendo del otro lado, aunque vaya en sentido contrario, pero me abstengo ante la presencia de un par de policías, precisamente recargados sobre la valla. No creo que estén de servicio, pero es mejor no averiguar. De pronto logro ver un pequeño espacio, pegado a la valla, una mujer va unos pocos pasos adelante de un hombre mayor. Me equivoqué, no puedo pasar entre ellos. Molesto como estoy, quiero gritar "Muévete gorda nalgona", pero me limito a pensarlo mientras camino detrás de la mujer que, o es telépata o mi respiración agitada la hizo salir de su distracción y se hizo a un lado.

Tras un pequeño salto, mientras sonrío aliviado, de nuevo me impulso hacia delante con los brazos extendidos hacia atrás. Poco antes de la parte donde están las constelaciones esto se empieza a despejar y entonces acelero y trazo una curva, pienso en un cometa cuyo curso se altera por la gravedad de un gran planeta. Viene a mi mente el Shoemaker- Levi 9, que precisamente se estrelló en Júpiter en el 94. 

¡MIERDA! Casi no veo y la gente se arremolina, no puedo ver espacios por donde pasar. Me veo obligado a frenar, hacerme a un lado, dejar pasar. Ya comienzo a ver mejor, lástima que no puedo ver con detenimiento las fotos de novas y supernovas. 

Un trío de quinceañeros acelera al  verme pasar, vuelvo la vista y les sonrío, ¿piensan que pueden alcanzarme? ¡Por supuesto que no! Soy un fantasma, niños. Acaban de ver a un fantasma sonreír y desaparecer entre el gentío. 

Por fin llego a la escalinata que me llevará al siguiente andén. Subo las escaleras de tres en tres, me abro paso entre la gente, imagino como se vería mi trayectoria si me colocaran un sombrero de leds, como si se tratara de observar a un microbicho con un flouróforo encima. Llego al andén y mientras espero el siguiente tren tomo grandes bocanadas de aire, me mantengo en movimiento, no quiero enfriarme. 

Llega el tren y entro en el de un salto, me mantengo en movimiento dando pequeños saltos y en cuanto llego a la siguiente estación de nuevo arranco desesperado, no debo haber pasado más que un minuto y medio esperando el tren, pero necesito llegar YA . Llego a los torniquetes, que los odio, deberían quitarlos. Pensando en ello, en el torniquete de al lado un hombre se atora, el joven detrás de él se quiere meter al que estoy tratando de entrar sin golpearme los testísculos. Le doy un empellón y lo hago rebotar como el pendejo que es. Atravieso el torniquete y de nuevo corro a las escaleras. 

En el camino, el joven que quiso cerrarme el paso me da alcance, pero lo rebaso y lo pierdo en las escaleras. Salgo de la estación y corro hacia la terminal, mis costados comienzan a doler. Cruzo la calle sin fijarme si tengo luz verde o no. Una vez dentro de la terminal, aminoro la marcha y entonces me deslizo al llegar a la ventanilla: "A San Juan del Río, por favor, señorita" digo sonriendo, tratando de no parecer agitado.

viernes, 12 de abril de 2013

Historias del folklore de mi pueblo: Más negro que la chingada.

Más negro que la chingada.


Con mucha dificultad desperté cuando el avión aterrizó. Aunque el viaje de la Ciudad de México a Tapachula dura un par de horas, sentí que había dormido más de seis. Fui el último en salir del avión, la sobrecargo, pese a que me dió las buenas noches con una sonrisa, reflejaba enfado en su mirada. Como consecuencia de mi tardanza, no alcancé paraguas de parte del personal del aeropuerto. El avión había aterrizado en medio de una fuerte tormenta. Me encongí de hombros y caminé hacia la banda de reclamo de equipaje.
Aunque el avión iba lleno y Tapachula es una ciudad pequeña, no vi a nadie conocido, así no me dio tanta vergüenza pasar empapado por mi equipaje y atravesar en tal guisa la sala de espera. Caminé tranquilamente hacia el estacionamiento. La lluvia amainaba conforme me acercaba a mi automóvil. La lluvia lo había limpiado parcialmente de las excretas de los zanates que viven en los árboles del estacionamiento. Una de esas oscuras aves graznó de pronto, miré hacia donde provenía el sonido. Me ayudó a espabilar. Un nuevo graznido me puso alerta. Este sonido era más bien un pitido, un grito cortado.
¡Piú! –el pitido cruzó de nuevo el aire nocturno. Me metí al auto y de nuevo graznó el ave–. ¡Piu! ¡Piu! ¡Zipiú!
Ese último graznido me incomodó un poco, toda mi vida había visto y escuchado a los zanates y jamás escuché que emitieran un “zipiú”. No le di importancia y me dediqué a limpiar mi parabrisas mientras los autos abandonaban el aeropuerto, de manera que fui el último en salir. No llevaba prisa, nadie me esperaba en casa, dado que mis padres estaban en Morelia.
Parecía que yo era el único en la carretera, iba tranquilo, pero de pronto me vi obligado a frenar bruscamente, pues una oscura figura había pasado frente a mis ojos. No supe si era un niño o un perro. Me orillé y me detuve, abrí mi puerta y saqué medio cuerpo del auto. No podía ver nada y no tenía una lámpara sorda a la mano. Inspeccioné mi auto, pero tampoco pude ver si tenía alguna señal de impacto. Me convencí de que no arrollé a alguien o algo, pues no escuché ningún golpe. Antes de volver a mi asiento escuché:
–¡Piu! ¡Zipiú! –el repentino graznido me espantó.
–Chinga a tu madre, pinche zanate –gruñí mientras me acomodaba el cinturón de seguridad.
Me olvidé del susto que me llevé en carretera y cuando llegué a casa, en lugar de bajar mi equipaje, me fui directo al baño a quitarme la ropa mojada, darme una ducha y acostarme sin más. Desperté de nuevo con mucha dificultad, entre sueños extraños en los que las paredes se cubrían de lianas, que pronto se ennegrecían. Me había dormido con las ventanas abiertas, aprovechando que la lluvia dejó una noche fresca. Al levantarme noté que había un zanate herido en mi cuarto, lo perseguí un par de minutos antes de poderlo capturar y, cuando lo hice, me dí cuenta que tenía una pata fracturada. Me hice de un par de abatelenguas de madera y cinta adhesiva y le dije al ave:
–Me vas a mentar la madre, pero es por tu bien. Al cabo, ayer se la menté a uno de tus congéneres, capaz que eras tú.
Obligué al ave a beber y le dejé algunos granos en un cuenco antes de proceder a entablillarle la pata. Le coloqué cuidadosamente un antiinflamatorio en gel y finalmente entablillé la pata. El zanate graznó intensamente por cerca de cinco minutos, hasta que se tranquilizó y aceptó que lo dejara en una caja junto al cuenco con granos. Al cabo de una hora, empezó a comer y lo dejé en una esquina de la sala. Me propuse dejarlo una hora o dos para no importunarlo más de lo necesario.
Me dirigí a mi automóvil para sacar de ahí la maleta que había dejado por la noche. Cuando volvía a la casa, miré de reojo la parte delantera del auto. Me detuve y me acerqué a ver algo que me llamó la atención. El cofre estaba manchado de negro, parecía lodo. Me quedé pensando un momento, tratando de recordar si ya estaba así cuando lo abordé en el estacionamiento del aeropuerto. No era fácil saberlo pues estaba cubierto de mierda de pájaro. Quizá se habría manchado en el camino, cuando me orillé. Pero no era lodo, pasé los dedos y se me quedaron manchados, como cuando se pasa la mano por una página escrita a lápiz. Jugueteé con esa sustancia entre mis dedos por unos segundos, parecía más denso que el grafito. Me lavé las manos y contemplé como esa sustancia se disolvía en el agua y lentamente se desvanecía en el lavabo. Sacudí la cabeza, confundido, incapaz de comprender por qué me hipnotizó esa sustancia.
Deshice mi maleta y desayuné antes de salir. Me hacía falta volver a mi barrio. A la vuelta miré la calle con nostalgia y enumeré uno a uno los cambios que había sufrido durante más de quince años. Uno de esos cambios era una cocterlería que abrieron por allá del año noventa y siete. Antes de eso, había un terreno baldío con una ceiba bastante grande. Ahí jugábamos a las escondidas. Mi memoria voló y me sustrajo de este mundo. Recordé una ocasión en la que me tocó buscarlos a todos y salí corriendo espantado porque en en medio de la búsqueda vi un par de ojos y una sonrisa, sin poder distinguir el contorno de un cuerpo en la oscuridad. Un nuevo vecino se había unido al juego, tenía la piel muy oscura y jugaba vistiendo solo un short azul marino.¡Imposible de encontrar!
Por culpa mía, a ese muchacho le apodaron El Zipe, pues yo creí haberme encontrado con esa mítica criatura, producto del folklore local. Nunca supe el nombre de ese muchacho, pero siempre que no se riera, era casi imposible hallarlo. Ahora, ninguno de los muchachos de aquel entonces se encontraba en ese lugar. Todos se habían ido, solo los padres de un par de ellos se quedó a vivir allí. Me fui caminando cabizbajo, arrastrando un poco los pies, pero luego volvió a mi el ánimo.
Luego de tomar un largo paseo a pie por la ciudad, regresé por la cuarta sur, eran cerca de las seis de la tarde y los zanates se dirigían frenéticos hacia los árboles, como si fueran una plaga de langostas. El ruido que hacían me recordó al zanate que había dejado en casa. Así que apresuré mi paso para revisar como seguía, pero hice una parada para comprar un pollo frito.
Al llegar a casa, fui de inmediato a la caja donde había dejado al zanate. Este graznaba mientras picoteaba su pata entablillada. Noté que se había comido todo el grano que le dejé y también el agua. Le llevé más agua y le dejé una pierna de pollo desmenuzada.
Sé que ustedes son medio carroñeros. Come. –el zanate hizo caso omiso del agua y la comida y siguió quejándose del entablillado–. Si te pongo un AINE te clavas, puto.
El ave cesó sus quejas y me miró fijamente por unos segundos.
Come –le dije mientras me alejaba, sintiéndome perturbado por la mirada del ave, no pude evitar pensar que ese animal me entendió.
Más tarde tapé la caja con un lienzo, para que el ave pudiera dormir y lo llevé a otra habitación, así podría ver la televisión sin importunar al zanate. Me quedé dormido en el sofá, me levanté varias veces en la noche acosado por sueños perturbadores. Por la mañana, no podía levantarme y me veía subiendo una escaleras en espiral, no sabía si era una torre o un faro. Al final, podía ver una ventana, y mis manos se hacían negras y porosas, como el carbón, luego la ventana se convirtió en espejo y en él vi mi rostro pálido, mis ojos parecían un par de carbones encendidos. Me quedé paralizado y mientras mi rostro se ennegrecía hasta volverse completamente de carbón, a la vez que el edificio se llenaba de lianas y colapsaba. Abrí mis ojos lentamente, como si mis párpados pesaran mucho, sintiendo un fuerte escozor. Me incorporé y en el piso estaba el zanate mirándome.
¿Qué putas haces aquí? dije aún somnoliento.
Tomé al ave y la llevé a la habitación donde había pasado la noche anterior. La caja apestaba a heces y la tiré a la basura. Conseguí otra caja y coloqué al ave en ella, de nuevo la alimenté y le di de beber. No me atreví a retirar el entablillado, me quedé pensando en qué podía hacer para mitigar el dolor, pero al parecer, el zanate ya no estaba adolorido.
Durante el día me quedé en casa, rumiando lo que había soñado. A lo largo del día vi al zanate en más ocasiones. Parecía más tranquilo, devoraba todo lo que le daba. Por la tarde, mientras bebía una cerveza y disfrutaba de una película en la televisión, de pronto me sobresaltó el graznido del zanate:
¡Zipiú! –graznó. Yo salté en mi asiento y miré a mi derecha, de nuevo, el zanate se había salido de la caja–. ¡Zipiú!
¡Hijo de la chingada! –gruñí–. Casi tiro mis palomitas por tu culpa.
El zanate aleteó y se posó dificultosamente en el brazo del sillon que estaba ocupando y se acercó un poco temeroso a las palomitas de maíz que estaba comiendo, las miró detenidamente y comenzó a comérselas de a una por una, con ferocidad.
¿No quieres una chela también, cabrón? ¡Pinche pájaro!
¡Ark! –graznó el zanate por toda respuesta.
Me levanté de mi asiento para preparar más palomitas, de regreso, el zanate ya había diezmado mi platón. Serví las que acababa de sacar del horno de microondas y dije:
–Ahí te quemas.
¡Ark! –respondió el zanate, alejándose del aire caliente que emergía del plato. ¡Zipiú! –graznó tras engullir otra palomita.
¿Desde cuando hacen ustedes ese ruido? –le dije mirándolo fijamente. El zanate me miró de igual manera.
–¡Zipiú!¡Zipiú! –graznó desesparado el zanate y aleteó hasta su caja.
Me encogí de hombros y me tomé un par de cervezas más, de cuando en cuando miraba si el zanate se salía de nuevo de su caja, pero no lo hizo. Por la mañana, muy temprano desperté, pero no abrí los ojos y me di la vuelta en la cama un par de veces. De pronto escuché una vocecilla que me decía:
Regálame carbón.
¿Carbón? –respondí con voz ronca–. No tengo.
Regálame carbón ––repitió la vocecilla.
¿De dónde quieres que la saque, hermano? No tengo carbón, papá.
No tengo carbón, chavo. Entien... –abrí los ojos y miré a mi alrededor confundido. ¿De dónde provenía aquella voz?
Me levanté y me dirigí a la cocina para desayunar, cosa rara, amanecí con hambre. Me preparé un par de huevos con tocino y después de devorarlos, tomé los cascarones para dárselos al zanate. Cuál sería mi sorpresa al ver que la caja estaba vacía. Recorrí la casa y no pude encontrarlo por ninguna parte. Observando mejor, noté que había dejado una ventana abierta la noche anterior y un par de plumas negras estaban tiradas en el piso cerca de la ventana.
Cierta tristeza me invadió sin que pudiera impedirlo. Sonreí al recoger las plumas del piso.
Pinche zanate –dije con cierto dejo de tristeza.
Por la tarde llevé mi auto a lavar, una vez que quedó reluciente di un par de vueltas por la ciudad, fui por comida china y por más cerveza, de nuevo me quedé dormido en el sofá. Desperté a las tres de la mañana y no conseguí volver a dormir. Decidí dar una vuelta en auto y buscar una botana, cuando me dirigí a mi auto noté que en el cofre había una mancha negra exactamente igual a la que tenía cuando volví a casa, pasé de nuevo la mano por encima de la mancha y la consistencia era la misma de la vez anterior. Miré hacia arriba, escudriñé techo en arco que cubre la cochera de mi casa, tratando de ver si había algo que pudiera ser la fuente de la mancha, pero aparte de unas cuantas telarañas, no había nada. Me limpié la mano en mi short y me fui a la calle en el auto.
Pasé por el centro de la ciudad, para ver si había algo abierto, pero a final de cuentas no me animé a comer en ningún establecimiento. De regreso pasé por una de las decenas de tiendas de conveniencia que se han apoderado de Tapachula. Convencido de que no podría conciliar el sueño de nuevo, comencé a ver una película mientras comía la botana que acababa de comprar, sin embargo, en poco tiempo, tuve que luchar con mis cabeceos: no quería dormir sin terminar de ver la película que estaba viendo. Pronto los cabeceos comenzaron a ganar la batalla. Sin embargo, no dormiría.
Regálame... –escuché a lo lejos, el primer cabeceo cesó, miré a mi derecha y volví a cabecear–. Regálame...
––¿Qué pedo? –dije con una voz modorra.
Regálame carbón –escuché en el siguiente cabeceo–. ¡Eh! ¡Regálame carbón! –escuché directo en mi oído derecho mientras sentía algo muy caliente en el antebrazo del mismo lado.
Desperté con un sobresalto y me puse en guardia mientras miraba alternadamente de un lado a otro. Me froté los ojos y al bajar los brazos, noté que mi antebrazo derecho estaba manchado de ceniza. El piso estaba manchado entre el sillón y el sofá, también un brazo del sofá estaba manchado. Mientras limpiaba las manchas, que al parecer eran ceniza, escuché un susurro a mis espaldas.
Regálame carbón.
Un chingadazo te voy a regalar, cabrón –mascullé.
Mientras preparaba mi comida, la llave del fregadero se abrió súbitamente, me dirigí a cerrarla y una puerta de la alacena se abrió lentamente, haciendo el clásico rechinido de una puerta vieja. No la cerré y me dediqué a cortar legúmbres. A los pocos minutos, la puerta que da al patio trasero se azotó fuertemente, lo que era raro, pues el viento era calmo y no se asomaba en el cielo señal alguna de tormenta. Dejé la puerta cerrada y continué con lo mío. Ya me había servido mi sopa de verduras cuando otra puerta de la alacena se golpeó. El ruido me causó un sobresalto y miré hacia el viejo mueble, la puerta volvió a abrirse y cerrarse de golpe, inmediatamente le siguieron las cinco puertas restantes, así como las gavetas.
Me irrité ante tanto escándalo de puertas cerrándose y abriéndose y en mi rostro se dibujó un gesto de enfado contenido. Decidí ignorar el extraño evento y continué comiendo. A punto de terminar mi primer plato, escuché que se abría de nuevo la llave del fregadero y un minuto después los quemadores de la estufa se encendían y se apagaban. Me levanté de mi asiento y fui a cerrar el paso del gas. De regreso, cerré la llave del fregadero y cerré las puertas y las gavetas de la alacena con fuerza.
Si sigues chingando, no te voy a dar carbón –dije con severidad y terminé de comer.
Más tarde, tras una larga caminata por la ciudad que me vio crecer, volví a casa por la cuarta sur y me detuve por la estatua del cafetalero a observar el ritual vespertino que los zanates efectúan día tras día, llenando el ambiente de sus diversos graznidos, entrando y saliendo desenfrenadamente de los árboles, rodeándolos como nubes negras. Un Sol que se aferraba al firmamento cayó, no sin dejar un mínimo de iluminación durante su larga agonía.
Continué caminando y me metí en el callejón a un costado de Pemex, sonreí pícaramente al recordar que algunos de mis amigos no se atrevían a entrar por ahí cuando anochecía, temerosos de ser asaltados. Yo entraba con toda confianza porque sabía que no pasaba nada.
Doblé en la primera esquina para pasar por la arboleda que rodea la unidad administrativa. Al llegar ahí, por alguna razón, comencé a caminar más lento. Escuché una risilla, como la de una niña. Algo revolvió la hojarasca y giré la vista hacia el lugar de donde provenía el ruido. Apenas alcancé a distinguir una sombra que se movió rápidamente entre los árboles, la risa seguía. En los extremos de mi visión periférica, se asomaba una figura negra que se devanecía ipso facto. De nuevo la risilla resonó en mi cerebro y no pude evitar sentir un estremecimiento moderado.
Me detuve bajo una farola frente al edificio del Poder Judicial, intenté capturar con la vista a la figura negra que se movía entre los árboles, sin éxito. Sin embargo, seguía escuchando la risa y el ruido de la hojarasca, sonidos a los que se les sumó el pitido de algún ave nocturna y también el “zipiú” que había escuchado días antes. Me decidí a cruzar por las canchas de fútbol sin poderme sacudir del todo la inquietud que comencé a sentir en la arboleda. Miraba hacia un lado y a otro o hacia atrás. De pronto, por mirar a otro lado, choqué con algo que no identifiqué en un principio, pero un chillido me obligó a prestar atención de inmediato. Había pisado la cola de un perro negro, que tras chillar, erizó su cruz y comenzó a gruñir y a ladrar.
No podía pasar, porque a cada paso que daba, el perro intentaba darme una mordida. Me lo quité de encima con un viejo truco: fingir que tomaría una piedra del suelo. Tuve que repetir la maniobra un par de veces hasta que el perro desistió de cobrarse la ofensa que le hice al pisarle la cola. Volví a escuchar la risa y miré de nuevo a la figura negra corriendo de un árbol a otro. Era apenas perceptible, pero pude distinguir un poco mejor la figura. Me dio la impresión de que tenía los pies al revés. Sacudí la cabeza y me froté los ojos, mientras apretaba el paso para llegar a casa.
Me fui directo a tomar un baño. Llamé a mis padres, la conversación fue acerca de cómo se la estaban pasando en su tierra y envíe saludos a la familia de allá. No les conté los que había estado experimentando, pero me hizo bien escuchar sus voces, me ayudaron a calmarme, sobre todo por la bravata del perro.
Mi atención se enfocó entonces en un par de películas de Mario Moreno “Cantinflas” que mi padre había comprado meses atrás. A media película hubo un apagón, las luces se encendieron tras un minuto y comenzaron a prenderse y apagarse incesantemente. Me rasqué la cabeza e hice un gesto de hastío. No me impresionaba que estuvieran ocurriendo esas manifestaciones con la electricidad. Me fui al cuarto de mis padres y tomé una lámpara de gas, la encendí y la coloqué en un gancho que mi padre hizo instalar para ese fin. Tomé un buen libro y comencé a leer sin ponerle atención a las luces encendiéndose y apagándose, hasta que el fenómeno cesó.
Al día siguiente salí de la ciudad en el auto. Invité a unos amigos a comer a Faja de Oro y por la noche llegamos a casa, platicamos hasta entrada la noche y se fueron cerca de las dos de la mañana. Aunque les ofrecí llevarlos a casa, prefirieron irse en un taxi. No tardé en quedarme dormido en el sofá. A la mañana siguiente me desperté dificultosamente, quizá como consecuencia de haber dormido poco, pero lo cierto es que toda la noche tuve sueños perturbadores, en los que me veía con la piel pálida, muy pálida, con dos tizones ardientes en vez de ojos y un montón de lianas espinosas me atrapaban y se iban ennegreciendo conforme se enredaban en mi cuerpo.
Para mi sorpresa, desperté temblando, con mucha sed. Me senté en el sofá y observé como me temblaban las manos, las uní, intentado que dejaran de temblar y sentí que estaban muy frías. Me llevé las manos a la cara y la froté un par de veces. Al retirar mis manos de mis ojos miré hacia la pared frente a mi, la blanca pared tenía un letrero que decía: “Regálame carbón”. Me horroricé al pensar en la cara que pondrían mis padres al ver ese letrero cuando llegaran.
Y ahora, ¿cómo chingados lo limpio? –gruñí frustrado.
Me dediqué toda la mañana a limpiar esa mancha y salí de inmediato a comprar carbón. Mis padres llegarían por la noche y era mi deber ir por ellos al aeropuerto. Compré tres bolsas de carbón y las dejé abiertas en la sala. Me fui por la tarde a comer con un amigo y volví a casa cerca de las nueve de la noche a bañarme. Noté que las bolsas de carbón que había dejado desaparecieron por completo, no quedó ni rastro de ellas.
Salí de casa a las nueve y media, el vuelo de mis padres llegaría a las once y media de la noche, me dirigí al aeropuerto aunque gozaba de un buen margen de tiempo para recoger a mis padres, porque no quería estar en casa. En la carretera, parecía que yo era el único que iba por el camino. Pasando por Ciudad Salud, mi auto golpeó algo, pensé que sería un bache. Me sentí inquieto, tenía la impresión de que no estaba solo en el auto, así que encendí la luz interior del coche. Miré fugazmente en el espejo retrovisor y me horroricé al ver a un niño carbonizado sonriendo de forma siniestra. Mi temor creció, al ver que estaba perdiendo el control del auto por intentar apagar la luz interior del coche, poco faltó para que me estrellara con un árbol. Logré parar y orillarme mientras maldecía por lo bajo. Apreté los dientes y me obligué a mirar al asiento de atrás, no había nada. Volví la vista al frente y miré una sombra que se metía entre los árboles. Sentí como se me erizó el pelo y el vello corporal.
Gruñi y arranqué, continué mi camino muy tenso, casi pegado al volante. Miré mi reloj, eran las diez menos cinco. Al volver la vista al camino, noté que las luces del camino se habían apagado. Estaba tan oscuro como la boca de un lobo y apenas podía ver el camino, pese a mis faros. Disminuí la velocidad y continué mi camino sin mayores problemas. De pronto las luces se encendieron de nuevo, creí que estaba en el aeropuerto, pues tomando en cuenta lo que llevaba recorrido, ya debía haber llegado. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que estaba frente a Ciudad Salud.
Tras escupir una variedad improperios escuché una risilla, como la que había escuchado dos días antes. Fruncí el ceño y me lancé de nuevo al camino, rumbo al aeropuerto. De nuevo, las luces del camino se apagaron. Dismunuí la velocidad, pero no tanto como la vez anterior. En pocos minutos estaba otra vez en el mismo punto, frente a Ciudad Salud.
La risilla volvió, esta vez escuché que provenía del asiento trasero. Mordiéndome un labio, encendí la luz interior del coche y miré por el retrovisor, no había nada. Le di un golpe al volante y continué mi camino. Iracundo, presioné el acelerador a fondo, sin importarme si me volcaba o si atropellaba a un perro. Sentía como una vena de mi frente se hinchaba y mis ojos parecían desorbitarse. La calma llegó a mi cuando divisé el aeropuerto. Llegué justo a tiempo para recoger a mis padres, el avión acababa de aterrizar.
Fui por mis padres y sentí un gran alivio al abrazarlos. Cargué con sus maletas y las llevé al auto, mis padres entraron en él y yo escuché la misma risilla. Miré a mi alrededor detenidamente, por detrás de un enrejado, me pareció ver la figura de un niño, dí un par de pasos hacia esa dirección tratando de enfocar mejor la imagen, pero un zanate pasó frente a mis ojos graznando una y otra vez. Casi se estrelló en mi cara. Mi madre salió del auto y me preguntó si estaba bien. Yo le dije que sí, pero era mentira. No quería ir al volante de regreso a casa y pensé en pedirle a mi padre que condujera, lo pensé un par de veces, pero al verlo cansando decidí conducir.
Cada kilómetro que avanzaba mi ansiedad crecía, sin embargo, ninguna de las anomalías que sufrí en el camino de ida me ocurrió de regreso. Llegamos a casa sin problema alguno. Llevé las maletas de mis padres a su habitación y les dí las buenas noches. Como aun estaba muy ansioso, encendí la televisión y la miré sin ponerle mucha atención mientras bebía un té de doce flores. El sueño no llegaba a mi y bebí una segunda taza de té. Seguí viendo la televisión hasta que el sueño me venció y me dormí de nuevo en el sofá.
Mi padre me despertó por la mañana, mi madre y él me observaban con aprensión. Me miraban perplejos de arriba a abajo, boquiabiertos.
Hijo, estás más negro que la chingada –dijo mi padre con una extraña mezcla de burla y espanto en su voz.
Miré mis manos y brazos, estaban negros, tan negros como el carbón. Fui corriendo a bañarme, quitándome la ropa por el camino. Al llegar al baño me miré en el espejo y pude ver que todo mi cuerpo estaba negro, excepto por una porción de mi abdomen. Eran partes que no estaban manchadas y que tenían forma, eran letras que decían: “Gracias por el carbón”.

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